-Deterioro-
1
Cuando abre los ojos no reconoce el lugar, no se parece en nada a la casa de sus padres. Está desorientada y le cuesta ubicarse. Los ojos le pesan los siente arenosos como si fuera de madrugada, pero por una ventana que tiene a su derecha puede ver el cielo de un hermoso azul, y el sol, radiante hace bailar pequeñas partículas de polvo en un haz de luz que penetra en la atmósfera de su habitación a través de la ventana. Intenta incorporarse pero un dolor punzante le golpea la cadera y la hace chillar. Desiste en su primer intento por levantarse y en su lugar observa la habitación en la que se encuentra. Tiene la vista entre nublada y borrosa pero puede ver patrones que reconoce de inmediato. Las paredes son de madera, ordenada de manera horizontal le da una elegancia especial y provista de un color oscuro la hace cautivadora. En las paredes cuelgan cuadros de personas que no reconoce, también de plantas y lugares. Del techo, al centro cuelga una pequeña ampolleta de color blanco. El suelo es de cerámica, lo sabe por su vecina Rebeca, es la niña rica del pueblo siempre lleva las mejores ropas y el mejor calzado, quizas se encuentra de visita en aquella casa tan linda.
El cansancio arremete y la tumba nuevamente, se recuesta y cierra los ojos y se relaja. La tranquilidad que siente es inmensa y reconfortante, pero el sol en su piel duele así que se cubre con una mantita roja que encontró en su regazo. Fuera los pajaritos cantan, ¿zorzales?, ella cree que sí está casi segura son muchos y revolotean, en el patio que ve a través de la ventana los puede sentir. Mira a través de ella y divisa un árbol, la sombra que provoca es en extremo agradable y por el ángulo que se proyecta en el suelo cree que debe de ser medio día. El árbol es grande, frondoso y elegante y por las pequeñas frutitas amarillas lo reconoce como un limonero. Cierra los ojos e intenta oler la fragancia pero le es imposible. Se refriega la nariz con el dedo índice e intenta de nuevo pero no hay olor. Abre los ojos y vuelve a mirar el árbol, desde la copa donde unos limones amarillos cuelgan felices, baja la mirada por el tronco, delgado y curvo con arrugas por todo el largo. Le recordó el brazo delgado y frágil de su abuelita, y como pasaba sus días en cama, postrada por lo marchito de sus piernas. En cómo sufría y en cómo junto con el suave paso de la muerte, pudo descansar por fin.
Un ruido rompió su concentración y volvió su atención al árbol, había caído un limón grande y gordo, jugoso por su apariencia. Recordó cómo su pequeña comía limones cortados en gajos por ella misma mientras descansaba después de un día de trabajo. ¿Trabajo? No está segura de haber trabajado, o si lo estará haciendo. ¿Trabajar en que? Seguramente se está confundiendo, es imposible que esté trabajando o que lo haya hecho, sus padres son bien estrictos con eso, además que es muy pequeña para hacerlo. ¿Sus padres?, ¿dónde estarán? Lo desconoce. Busca con la mirada algún indicio de la actividad de ellos pero la habitación en la que se encuentra no le brinda ninguna información, frente a ella no hay mucho que mirar salvo unos cuadros por su izquierda, y a su derecha la ventana por donde puede ver la vida correr. A su izquierda una cama, una mesita de noche, una silla a su lado y no mucho más. Se empieza a impacientar por no verlos pero no deben de estar muy lejos, su padre trabaja cerca de casa y su madre es dueña de casa, cuida la granja y la huerta con su ayuda y la de sus hermanos… Quizás debería partir ya para ayudarle, ella es bien estricta y les puede golpear si no la ayudan como se debe. Intenta ponerse de pie nuevamente pero el dolor no la deja, con un quejido desiste. Se siente frustrada, pero quizás su madre la dejó descansar seguramente hizo mucha fuerza acarreando el agua y se dañó la cadera.
Sus hermanos, un total de siete pero sólo cinco lograron llegar a la vida adulta. Ella es la segunda, tiene un hermano mayor y cinco hermanos menores a quienes vio nacer, crecer y morir. Desde pequeños, de meses de vida hasta cinco años el mayor en partir. Esto la hizo sentir gran amor a sus hermanos que sí lograron mantenerse vivos y un gran aprecio a la vida, junto con un temor de Dios, ya que se veía que era implacable incluso con infantes.
“Pequeños revoltosos" pensó ella con gracia, siempre haciendo travesuras, desde las más inocentes hasta las más descaradas. Algunas salían impunes, otras no. Pero Dios, en su grandeza logra dar una lección. Aún recuerda cuando a Ricardo lo descubrieron lanzando piedras al tren que pasaba cerca de la casa. Cuando a Rosa la pillaron poniéndole migas de pan a la leche de Leonardo. Aunque el que lo pasó más mal fue Diego; quien por coquetearle a una mujer desconocida en la calle lo asaltaron y golpearon, terminando en un hospital. Fue corriendo cuando se enteró de la noticia. No alcanzó a salir del trabajo a su casa cuando la llamaron, tuvo que esperar a Rosa para ir a verlo. Por suerte no fue grave pero tuvo su merecido
¿Qué será de ellos?, pensó con tristeza. Cerró los ojos para tratar de recordar pero no fue útil, se recostó apoyando su cabeza con el blando respaldo de su silla. Cerró los ojos y con fuerza intentó nuevamente recordar quería adentrarse en sus recuerdos, llegar al otro lado, allí podría verlo todo.
Cierra los ojos y empieza con los ejercicios de respiración que no podría olvidar jamás, lo tiene grabado en su memoria y podría lograrlo incluso si vuelve a nacer. Al cabo de unos minutos su cuerpo se siente más liviano, sus extremidades se vuelven más ligeras y un pequeño hormigueo crece poco a poco abarcando más territorio, desde la punta de los dedos hasta las rodillas, codos y así sucesivamente. Comienza a ver estrellas a lo lejos, brillantes. Todo es oscuridad a su alrededor. Siente el vértigo característico y una extraña certeza de que ha estado allí antes. A lo lejos ve una luz brillante que se pierde con una espesa capa de niebla, cree que puede avanzar hasta la fuente de esa luz pero aún no está allí del todo y no puede acercarse.
Intenta recordar con tanta fuerza que la cabeza le duele un poco, pero logra tener éxito. Ve a sus padres, personas de bien pero abusivas con sus pequeños, siempre con la golpiza como única opción de crianza. Ve también a sus hermanos, los ve pequeños cuando aún vivían en el campo, pero en el fondo de su conciencia se dice que hay algo más pero no lo sabe con certeza, por lo que decide intentar por otro lado. Pone sus manos en el pecho, las manos físicas le duelen un poco, pero está cada vez más lejos, y por este lado el dolor no la alcanza tanto. Prueba recordando en base al amor, el amor más primario y principal que existe, el amor de la familia que uno escoge, la familia que uno crea, un amor que sobrepasa cualquier barrera. Desde ahí buscar hasta lo más reciente que ha tenido, según ella es la base para despejar la niebla ya que todo está conectado después de todo.
La niebla es espesa y no deja ver más allá de el largo de su brazo, pero poco a poco puede ver la silueta de un hombre, aquel hombre tiene algo en los brazos, trata de ver con más claridad cuando un golpeteo la vuelve al mundo físico. Al abrir los ojos ve a una mujer joven que se asoma tímidamente por la puerta. Debe de tener unos treinta años, un poco más. Tiene el pelo suelto hasta los hombros, de color negro con unas cuantas canas.
—Toc toc —dijo sonriendo con la mirada perdida.
Inmediatamente notó que no quiere mirarla, hay algo además de timidez en su mirada, quizás repulsión.
—Paso para ver si está bien —entró tímidamente a la habitación con las manos juntas, se nota un tanto nerviosa, hablando en alto con un esfuerzo notorio y a pesar de eso apenas y la escuchó. Luego de una pausa un tanto larga le preguntó—. ¿necesita algo?
¡Wooow! No sabía qué responder ¿necesitaba algo? Quizás un limón afuera hay un árbol y sus limones se ven exquisitos. Se humedece los labios y se incorpora, el dolor apareció tímidamente pero sin mayor complejidad. Miró por toda la habitación, nerviosa y entusiasmada ¿qué podía necesitar? Miró hacia la izquierda, al otro lado de la habitación, y vio una fotografía. En ella vio una cara familiar, acompañada de una punzada de emoción y tristeza. Cuando iba a preguntar por aquella fotografía fue interrumpida.
—¿Quiere agüita? —preguntó respetuosamente la mujer— ¿Un tecito? —Woow eso suena tentador, no sabe muy bien que puede ser eso, pero quizás tiene relación con el agua y quizás si tiene suerte con limón.
Con mucho esfuerzo pudo mover la cabeza con una señal de afirmación, la Mujer de la Puerta imitó el gesto y se acercó a la puerta, pero antes de que saliera del todo hizo un ruido con la boca para llamar su atención. La mujer volvió a entrar, en su rostro se ve un poco de intriga y preguntó que si quería otra cosa, a lo que respondió con un gesto afirmativo y apuntó con su mano buena hacia la ventana.
—Té con limón —dijo con mucho esfuerzo, la Mujer de la Puerta dijo que con mucho gusto y se fue sin cerrar la puerta.
Vaya, que mujer más agradable pensó con una sonrisa. Se parece un poco a mi mamá, ¿a qué habrá venido? Quizás vino a ver el árbol conmigo, pensó. Miró el árbol unos momentos, su tronco delgado y arrugado le recordó a su abuelita, que no podía caminar por culpa de sus piernas.
Pensando en sus padres y hermanos se quedó profundamente dormida.
2
Pasa corriendo a su lado una niña que viste una falda rosada con flores en la base, zapatos negros de charol y su cabello castaño, lleno de pequeños rulos. La niña corre por un espacio vacío y sin luz, revolotea, salta y corre como un perrito contento. La niña de pronto deja de correr y le da la espalda, se prepara y recibe algo de una persona que no puede ver, la persona es nebulosa y transparente, de color blanco, como si fuera una cortina. La pequeña recibe lo que se le entregó con mucho cuidado y lo observa con atención. Se da vuelta lentamente y le muestra cuidadosamente lo que carga entre sus bracitos: es un bebé, y ambas sonríen. Ahora la pequeña creció, es una mujer y camina por su derecha con una personita que está aprendiendo a hacerlo, y mientras caminan se da cuenta que hay un hombre caminando a su lado, por la izquierda, mientras se toman de la mano.
Mira a la mujer que camina con ella, lo hace con atención, su mano es joven y bien cuidada, tiene un anillo dorado bien hermoso en su dedo anular, tiene una falda blanca hermosa, que poco a poco se va tiñiendo de negro, y su anillo se marchita, poco a poco. Luego mira al hombre, pero no consigue ver su rostro, solo ve una camisa amarilla, desabotonada hasta el pecho, por donde se le escapan unos pelos alborotados, y aunque lo intenta no puede verle la cara. A pesar de eso no se siente incómoda, de hecho se siente embriagada de felicidad. Deja de caminar e intenta abrazarlo y él completa la acción, lo hace con fuerza pero no duele, es un abrazo de amor. Mira a la mujer, pero solo está su ropa, y el bebe ahora es una niña y está sola, y no es feliz. Está quieta, mirando al suelo. Se voltea y la mira fijamente, luego de unos segundos baja la mirada hacia el suelo con los brazos caídos. Las manos del hombre desvanecen, se le escapa de entre los dedos como arena de playa. Se asusta y comienza a buscarlo con la mirada, la niña tampoco está, quiere gritar los nombres para que vuelvan pero ahora ya no los tiene, si lo hubiese intentado instantes atrás sin duda lo hubiese logrado, pero el nombre y la naturaleza de aquellas personas ya se desvanecieron como si fuera información que nunca hubiese tenido en su poder.
El esfuerzo que hizo para reencontrar la información fue tan fuerte que de a poco fue despertando. Ya no están ni la niña ni el hombre, en su lugar está el canto de los zorzales, el fiel árbol con sus jugosos limones, su sombra en el suelo que ya es más larga y el color del día que cambió de celeste a naranjo. Sus ojos se sienten pesados, le cuesta centrar su atención en algo en particular, no reconoce el lugar en el que está, se siente desorientada tiene calor, la manta de color verde que tiene en sus piernas la desesepera. Mira alrededor, no reconoce la silla ni su ropa, ni a la mujer que se encuentra a su lado, aunque tiene una sensación de reencuentro. Tiene en sus manos una bandeja con una taza de agua caliente y una sonrisa radiante. No sabe de dónde salió esa mujer, ni porque se siente en el derecho de estar tan cerca.
—Le traje agüita caliente con un poco de limón, menta y jengibre como a usted le gusta —le dijo la mujer, quien estaba demasiado cerca y esto le incomodó.
¿Por qué está tan cerca de mi y porque me está ofreciendo algo? Quizás me quiere hacer daño de alguna forma, ¡me quiere matar! pensó, poniéndose totalmente a la defensiva, ¿Que va a saber ella qué le podría o no gustar?
La mujer sin dejar ir la sonrisa de la cara dejó la bandeja en una mesita que estaba por la izquierda y le acercó la taza. El terror la envolvió repentinamente al verla tan cerca y de un manotazo le apartó la taza con toda su fuerza, chillando. La Mujer de la Puerta también chilló de el dolor que le produjo las gotas de agua caliente en el brazo, y con la cara ensombrecida se alejó rápidamente intentando mantener una sonrisa en el rostro.
—Disculpe, no la volveré a molestar —le dijo la mujer, con su cara aún ensombrecida.
—¡No quiero nada de ti, Jaime llegará pronto, y no le gustan los intrusos! ¡Además que yo no te he pedido nada, quizás que porqueria me trajiste, veneno será seguro! ¡No quiero que me envenenes! —respondió ella con toda su fuerza, quedando exhausta por el esfuerzo que le produjo evocar tal grito, esfuerzo que le provocó un fuerte dolor de cabeza, y el miedo que le había producido en un principio aquella extraña mujer se convirtió rápidamente en ira.
Le gustaría golpearla y quitarle su cara de idiota, golpearla cómo lo hacían sus padres cuando intentaba ser graciosa, con una varilla o quizás la manguera del patio pero no puede, se siente demasiado cansada, los brazos le pesan y las piernas no le responden del todo, incluso hablar le cuesta. Intenta mover los brazos pero los siente desconectado de su cuerpo, como si los cables encargados de darle funcionamiento hubiesen dejado de pronto de funcionar. Se concentró y con mucho esfuerzo añadió
—Ahora déjame sola.
—Bueno, lo siento, ma… mañana vuelvo con algo mejor discúlpeme.
¿Mañana? pensó súbitamente, miró hacia el limonero del patio y vio que el cielo estaba cada vez más oscuro, y que la sombra que proyectaba el árbol en el suelo está difuminada con el resto de sombras
¿Qué hora será? Quizás son las 21:00 y aún no ha comido nada, que horrible, ni un vaso con agua siguiera. Súbitamente le atacó un hambre feroz acompañado de sed. Le pareció extraño que esa mujer estuviera con aquella postura de dolor y vergüenza ¿qué habrá pasado?, quizás debería hablarlo con ella antes de que se vaya, quizás ella pueda ayudar.
—Disculpe señorita, ¿qué le pasó? ¿Le duele algo?
—No… osea si, meeee, me golpee en el brazo.
—Pobrecita, tiene que tener más cuidado, ¿sabes? yo tam bién me caí creo, me duele mucho la espalda y la cadera, y mi papá me retaba por andar jugando, quizás me viene a ver y me va a retar por estar floja.
—No creo que venga.. —dijo la Mujer de la Puerta, mirando al suelo.
—¿Por qué?
—... Debe estar ocupado… —dijo con una pequeña mueca, ladeando un poco la cabeza.
—Bueno, así aprovecho de comer algo, ¿me podría traer algo para comer porfavor? oooo… que paso aqui? porque está todo en el suelo? —-se preguntó genuinamente. ¿Qué habrá pasado? quizás hubo un temblor que botó la tasa.
—Yo iba con la bandeja, pero tropecé y se calló.
—Mijita, tiene que tener más cuidado, menos mal no se rompió. Déjeme limpiarlo —Hizo un intento para pararse pero el dolor la tumbó.
—No se preocupe, ya lo hago yo, ¡vuelvo altiro!
La Mujer de la Puerta recoge rápidamente la taza que se cayó y sale de la habitación con una expresión entre frustración y profunda tristeza. Se escucha el sonido de sus pies mientras caminan sobre el piso de madera con decisión, sin dudar un segundo hacia dónde se dirige. Vuelve luego de unos minutos con otra bandeja, en ella tiene unas galletas Crackelet y una taza vacía. Deja la bandeja en una mesita y salió nuevamente de la habitación, vuelve con un trapero para limpiar el té derramado en el suelo minutos atrás, se para al centro de la habitación y la queda viendo unos segundos antes de comenzar.
Le devuelve la mirada y le parece conocida, en su mirada ve a su mamá, pero en el fondo sabe que no lo es. Mientras la mujer de la puerta se retira de la habitación comienza a observar la habitación. Observa con atención el piso, no es de madera, hay una ventana a su lado derecho y fuera hay un árbol. Por el lado derecho de la habitación no hay nada que le llame la atención. Frente a ella ve la puerta por donde salió la mujer, más allá una repisa con flores y fotos que no alcanza a ver muy bien, un closet y una cama un tanto baja, es de plaza y media y el cubrecamas es hermoso, con flores y pajaritos, parece una toalla de playa. En la pared hay fotos que le llaman la atención, en la foto ve colores y manchas, pareciera que fueran personas, distingue una mujer mayor, puede que se trate de su abuela, con una niña muy similar a alguien que vio hace muy poco, pero que no logra recordar.
La Mujer de la Puerta sale con el trapero en un balde y vuelve a la habitación con la tetera caliente. Le acerca la mesita con ruedas hasta sus piernas para que pueda comer de manera cómoda. Le abre el envase de galletas de par en par y comienza a servirle el agua. Come la primera galleta, está blandita y tiene buen sabor, el agua es muy rica, tiene un gustito a limón, siente su ácido agradable y luego de tragar siente el fresco de la menta. Queda tan sorprendida que pide más agua de hierbas, acabando demasiado pronto. Le pidió repetición. La mujer de la puerta asiente con una gran sonrisa, se ve hermosa y con ella, vinieron sensaciones de felicidad y dolor de pérdida. De pronto, lágrimas empezaron a caer lentamente desde sus ojos, recorriendo lentamente el largo camino hasta su cuello. ¿Por qué lloraba? Extrañada por lo que le estaba pasando, la sensación que le produjo la mujer de la puerta le abrió un dolor grande que parecía dormido, escondido en algún lugar de su corazón y de su memoria.
Su voz interior le susurra que todo está ahí entre la niebla, en el otro lado, donde todo trasciende, donde el tiempo se pone loco, alejado de las cuatro dimensiones y los problemas pueden desaparecer por unos minutos o por extensas horas. La respuesta que necesita está allí escondida, esperando, para poder acceder a la niebla. tiene que llegar a la luz que vio más allá, pero para lograrlo tiene que eliminar esa espesa bruma, que sólo puede ser destruida con el saber. El olvido aumenta el espesor de la niebla o fue lo que la hizo aparecer en primer lugar. No sabe quién es aquella mujer, pero siente que debería saberlo. Y la frustración le aterra, le oprime el pecho como nunca, aunque, aquella vocecita le dice que sí lo ha hecho, esa misma vocecita que le dice con cierto cinismo, que conoce a la mujer de la puerta, le informa que ya a pasado por esta sensación de agobio y que volverá a hacerlo. La respiración se le entrecorta y no puede emitir palabra, es imposible. La mujer de la puerta se altera, pero mantiene la compostura, suavemente pone su mano derecha en el hombro izquierdo.
—Tranquila, aquí estoy yo, y no le pasara nada, no se agobie por lo que no puede controlar yo lo entiendo y por sobretodo, está en su casa, que no se le olvide —le comentó la mujer con una calma que le relajó por completo.
Entre el llanto levanta la vista tanto como puede y se sorprende al ver que la mujer de la puerta también está llorando, aunque calmada, notoriamente preocupada. Vaya, que sorpresa, ¿por qué estará llorando?, ¿será que la conoce?, la conoce lo suficientemente para asustarse hasta ese punto, pero verla llorar le parte el corazón, por lo que cierra los ojos y agacha la cabeza. Intentará calmar su respiración, es difícil pero tiene práctica, sabe que ha tenido que reprimir llantos en el pasado y que lo ha hecho en silencio, a escondidas. Pero el cómo o el porqué, no lo sabe aún, el cuerpo tiene mejor memoria que el cerebro.
—Ya estoy mejor, no se preocupe señorita —logra decir con mucho esfuerzo, alza la vista y ve ese cuadro, al otro extremo de la habitación. La mira fijamente y gracias a eso el llanto aminora su fuerza y emprende la retirada—. Señorita, ¿me puede alcanzar ese cuadro que está ahí?, por favor.
La Mujer de la Puerta se seca las lágrimas y mira hacia esa dirección, ve el cuadro sorprendida. Unos segundos después se pone de pie y camina para retirarlo de la pared, le queda alto, por lo que demora unos segundos. Camina de vuelta y saca un segundo cuadro que estaba en la cajonera, por su derecha.
—Aquí tiene —dijo haciendo entrega del cuadro que ella pidió, dejando el segundo cuadro en sus muslos, ocultándose con ambas manos.
Con sus manos débiles mantiene en alto el cuadro que pesa más de lo que hubiera pensado. Mira con detenimiento el cuadro que antes veía colgando en la pared. Antes veía manchas y colores, ahora ve con claridad. Pasa los dedos de la mano izquierda por el vidrio. En la foto se ven tres mujeres, de edades totalmente distintas, y detrás se ve una especie de invernadero. La mujer de edad avanzada, con un tanto de sobrepeso sobre sus rodillas. La mujer se ve muy anciana, tiene la mirada perdida, no mira a la cámara, y a pesar de la edad que aparenta, apenas y tiene canas. La mujer está acompañada de una mujer más joven, en sus treinta. Parada al costado izquierdo de la foto. Lo que más le llama la atención es que al otro lado, por la derecha, hay una niña de unos seis años de edad. Viste una falda rosada con flores blancas en la base, zapatos de charol y el cabello castaño largo amarrado en colectas adornaban la cabeza de la niña.
—¿Quienes son? —preguntó, con aquella sensación de que debería de saberlo— Se parece mucho a mi abuelita, pero ella murió, ¿Sabe? Y ella... —apunta a la otra mujer e hizo una pausa para beber un sorbo del agua de hierbas que tiene en su mano derecha, mientras hace un gesto de espera con su mano izquierda. Comenzó a preguntar antes de terminar de tragar— ella se parece a mi mami, y ella a mi abuelita, pero no pueden ser ellas, ¿cierto?
—Son unas personitas importantes, ¿sabe? En esa foto se encuentran de paseo, es el último paseo que pudieron hacer antes que la abuelita —con el dedo índice indicó a la ancianita que se encuentra en medio—, fallezca. Fue una bonita experiencia para todas —dijo la mujer de la puerta mientras le remojaba un galletita en el agua de hierbas—, valió demasiado la pena.
Algo comienza a aflorar dentro de ella, una sensación cálida, y la vocecita le susurra momentos, detalles de lo que la mujer de la puerta acaba de contar, pero hay detalles, detalles que vivieron juntas durante el paseo, pero se desdobla. En el hospital habían dicho que no dudaría mucho tiempo viva, su edad y su deterioro por la enfermedad muy avanzada. La enfermedad era lo que más nos preocupaba, a pesar de su edad, cercana a los tres dígitos, era una mujer semi consciente, y también semi postrada. Siempre en su silla de ruedas, y en casa, en su mecedora. En el lugar donde vivían, había un ascensor, pero no patio, así que no era muy fácil llevarla de paseo, por eso este paseo fue tan importante. Por eso pasaba las tardes tomando sombra, justo como lo hace ella, pero dentro de la casa.
Siente que hay algo raro, un deja vu, algo así como un recuerdo colapsando uno ya existente, un mismo recuerdo con personas distintas, y en ambos está ella, la Mujer de la Puerta, pero ¿cómo es eso posible?. Toma la foto y mira bien a las integrantes,despreocupadas. La anciana, era su abuela, estaba casi segura. Mira sus brazos, delgados y arrugados. Mira por la ventana y ve el árbol, delgado y con arrugas verticales. Entonces ella, la mujer adulta que está al costado debería ser su madre, ¿no?, y la pequeña ella misma, recuerda el momento, o eso cree.
—Ella es mi madre —dice, con la voz cortada pero firme—, era pequeña yo en ese momento, pero lo recuerdo bien. Salimos un día Sábado en la mañana, lo más temprano que podíamos salir, ya que el paseo era de un solo día —la mujer de la puerta la mira atentamente y remoja una galleta en la agua de hierbas y se la echa a la boca, la galleta está blandita y la masca sin problemas—. Un hombre nos llevó y nos acompañó, era muy amable, yo lo quería mucho, pero creo que ya no está aquí.
—Eso es muy triste —dice la mujer de la puerta.
—Era muy amable, siempre atento a todo lo que nos fuera a faltar —se fue muy temprano, dejándonos solas, fue algo muy duro, mi niña y yo sufrimos mucho…
De pronto se quedó callada, con la mirada perdida y llena de tristeza, se iba. De esto se dio cuenta la Mujer de la Puerta y, sabiendo lo que sucedía, y cómo solucionarlo, le entregó la segunda foto que tenía en su poder. Reaccionó como si despertara de un sueño, recibió la fotografía. Era idéntica a la que tenía ahora sobre el chalcito que la cubre del frío, salvo que ahora la mujer de la puerta se encuentra allí. Con el índice acaricia la fotografía, y con unos ojos bien abiertos la mira, ¿qué es esto? La mujer de la puerta se encontraba allí, entremedio de una cara conocida. Comparó ambas fotos y corroboró que en las dos fotos hay una sola persona en edades distintas, persona que conocía, otra vez veía a su abuela, y a su mamá pero era algo distinto, está muy confundida. Su abuela, en esta nueva fotografía tenía más canas, y se notaba más chiquita. En la foto hay una niña, igual que en la primera foto, la misma niña que había visto en su sueño, ese sueño que tuvo cuando, ese mismo día o quizás otro, el recuerdo es demasiado lejano como para que sea de ese mismo día.
—Hay partes correctas en lo que me cuenta —dijo la mujer de la puerta, y mientras habla le pone toda la atención del mundo—, en ese viaje que usted me cuenta ocurrió, pero en dos ocasiones distintas, y con personas distintas. En esta fotografía —mostrando la segunda foto, en la que sale ella— estamos haciendo una conmemoración a un evento importante en la familia. La primera foto, son unas personas muy importantes, tanto para usted como para mí.
—Pero ¿porqué no simplemente me lo dices? Es así y ya, ¿no? Sencillo.
—No es posible hacer eso —dijo la mujer de la puerta—, eso ya lo hice, pero cuando lo olvidó intenté hacerlo de nuevo, pero usted me dijo que no lo haga, que aunque le costara lo descubrirá por sí misma.
Eso es sin duda algo que diría ella, pero no está del todo segura, cuando mira hacia fuera, en el patio, ve que oscureció. Se va a levantar pero el dolor llega fuerte y la tumba, la Mujer de la Puerta le retira el segundo cuadro que le llevó y lo pone en su lugar. Un movimiento sutil desde la puerta llama su atención, ve una pequeña niña. Con un vestido rojo, de alrededor de seis años. La niña la mira intentando esconderse, como todo niño cree que son invisibles si ellos quieren. Intentó llamarla, pero al mínimo movimiento la niña desapareció, y cuando estaba a punto de formular la pregunta un hombre llamó «¡Amor!, ya llegué y la niña no está aquí!». La mujer de la puerta se dio vuelta sobre sí misma esperando encontrar a alguien más en la habitación, pero solo la encontró a ella, sentada con el cuadro en sus manos.
—Esos cuadros son muy lindos —le comentó a la mujer de la puerta—, la más viejita es mi abuelita, pero ya no está con nosotros, murió ella, ¿sabe?.
3
Cuando no hay nadie alrededor, la pequeña niña puede dar rienda suelta a sus impulsos: corre, salta, pero gritar no puede; la mujer alta no la deja, dice que la puede despertar con sus gritos. Pero eso no puede ser, porque aquella mujer rara vez está ahí. A veces, juega con la mujer alta, y a veces esa mujer la reta y la hace llorar, pero eso es porque no la entiende. Cuando habla con los niños en el patio la mujer la reta, le dice que deje de estar “haciendo locuras”, eso le hace sentir mal, aunque no entiende algunas palabras, el tono en el que se lo dice es hiriente y la hace llorar, pero sólo cuando no la ve, porque le dice la frase: “¿quieres motivos para llorar?”.
Es inteligente para su edad, tiene apenas cuatro años y habla casi a la perfección, pero lo que le falta para hablar lo tiene para comprender instrucciones, y para otras habilidades que, por naturaleza humana irá perdiendo paulatinamente. Quizás mantenga algunas de ellas en un grado mínimo, siempre y cuando detecte esas habilidades pronto y las entrene, algo que pocas personas hacen, pero que esta pequeña hará sin dudas. Aquella mujer, un tanto desagradable, la conoce con el nombre de «Mamá», y a pesar que a veces la reta mucho, sabe que la ama. También sabe que su malestar es debido a la otra mujer; la “Mujer Llopa”, una mujer gigante como una montaña, que está en la pieza que tiene una ventana hacia el patio, donde juega con sus amigos y animales, que aparecen de vez en cuando.
La Mujer Llopa la aterra, no puede leer nada cuando hace sus viajes, y cuando vuelve todo es confuso, a pesar que no entiende el concepto del tiempo sabe que en su mente el pasado y el presente se mezclan, y ni la misma Mujer Llopa es capaz de darle un orden. La habitación en la que está es oscura, a pesar de la ventana. Huele como la ropa mojada por la lluvia o cuando se queda mucho tiempo en el tarro de la ropa sucia, también a pipí. También está muy desordenada, llena de migas de pan, o galletas que le trae la mujer mamá. A pesar que la mujer mamá no la deja entrar, lo hace de todas formas, nada puede parar el tren de la curiosidad. La mujer es gigante, más grande que el “Defri”, la caja gigante que cuando la abres da mucho frío. No le puede ver la cara con detalle, porque sus rodillas cubiertas con mucha ropa le impiden verla, y la oscuridad de la habitación le impiden ver bien lo poco y nada que logra cuando salta, solo le logra ver un ojo, que mira sin emoción alguna hacia la nada.
Cuando la mujer mamá no la ve, juega a rienda suelta con sus amigos; amigos que salen desde debajo del suelo, desde el cielo o atravesando las paredes. Son personitas transparentes, como si fueran de tela translúcida. La primera vez que los vio eran totalmente blancos y “sólidos”, y con el paso del tiempo han ido perdiendo su “solidez”. Por más que intentaba no consiguió nunca tocarlos, ellos dicen que están más arriba, no están sincronizados. Cuando no están juega con los limones que caen del árbol, haciendo “mallabaros”, como aquel hombre llamado papá, que viene solo a dormir; la pequeña cree que el hombre vive afuera, que vive en el lugar que se llama pega.
A pesar que le gusta jugar con sus amigos, la pequeña sabe que no son reales del todo, son almas que fueron o serán personas, e incluso animales. Uno de ellos le contó que cuando se fue a dormir, habían naves que podían entrar y salir del planeta a voluntad, a una velocidad increíble, abriéndose camino por la materia, y que cuando despertó estaba en todos los años a la vez. Cuando no entiende algo siempre da algunos grititos de sorpresa, abriendo mucho los ojos y tapándose la boca en señal inequívoca que está muy sorprendida. Tiene que fingir a veces que entiende lo que le dicen, pero sus amiguitos saben que no entiende, es fácil de leer, y saben que a su respectiva edad sabrá que es una “nave”, “años” o más importante, un “planeta”.
A veces, mientras come o descansa sentada en el patio y ve caer las hojas del árbol, o sentada en el sillón, ve pequeños animales; de formas simples, del mismo color y material que las personitas, pero más livianos, como si fueran hojas de papel. El más reciente, hace unos escasos segundos fue un pequeño pajarito, que como si un viento caliente lo empujara desde abajo cruza el patio, de izquierda a derecha, moviendo sus puntiagudas alas de vez en cuando. Su forma es como un triángulo, con una pequeña cola, se fue atravesando la pared a la altura del suelo. Descansaba luego de estar corriendo, persiguiendo a Champú, la personita más pequeña. Quedó exhausta y se sentó con la espalda en el árbol, mirando de frente la ventana de la mujer ropa. A su derecha, una puerta abierta ve hacia la casa. Al fondo ve la puerta que da a la calle, solo ve una luz amarillenta, como si una pared sólida de ese color tapara el exterior. Ha salido muy pocas veces a la calle, por lo que no recuerda cómo es, y su pequeño cerebrito no renderiza el exterior. También ve a la Mujer Mamá, que se mueve de un lado a otro. La Mujer Llopa, por otro lado, está rebuscando en su pasado, la ve que con mucho esfuerzo trata de ordenar la historia, pero siempre vuelve al mismo punto.
(Siendo justos ha mejorado bastante), ese es Pom, la personita mas alta del grupo de cinco que viene a jugar con ella, a pesar que son iguales, por su capacidad de entrar y leer la mente de la gente los diferencia fácilmente.
(Lo sé, antes no lograba mantener una idea por mucho tiempo) respondió, agradecida de poder transmitir mensajes con su mente todavía, le es imposible con personas sólidas, pero con sus amiguitos podía.
(Quizás sus viajes al centro le ayudan), comentó Champú, caminando ágilmente a su izquierda, a pesar que estuvo corriendo escasos momentos, se encuentra sin un ápice de cansancio.
(Niña, tienes que hablar en voz alta, así practicarás las palabras y te costará menos), Pom empezó a flotar como si estuviera nadando frente a ella, los otros tres miembros del grupo jugaban con un pez que llegó flotando desde debajo del suelo.
(Lo haría, pero la Mujer Mamá me reta cuando hablo con ustedes, ella no los vé)
Pom miró a Champú y este desapareció instantáneamente, luego de unos segundos volvió, «la mujer mamá no está atenta», por lo que sí podría practicar el habla.
—Habla por la boca es difichil, me es di-fí-cil.
(Pero es necesario para la vida, muchachita), comentó Pom.
—chi ché —respondió agachando la cabeza, avergonzada.
(Te acuerdas algo de antes de llegar aquí?, cuando jugábamos juntos?, antes de que nacieras.)
(Claro que no se acuerda Champú, eso se borra al entrar en lo físico) le contestó Pom, antes que la niña le respondiera que efectivamente, no lo recuerda.
—No mi acuerdo, no creo que alguien se acorde.
(Algunos si), le comento Pom, volviendo a poner sus pies en la tierra, atravesandola por unos segundos antes de quedar estable, (hay gente que incluso recuerda cosas que aun no pasan, pero ¡son una en un millón!)
La niña hizo su gesto de sorpresa recurrente y los tres rieron. Las otras personitas se habían ido. La niña vio que la Mujer Llopa empezaba a moverse, iba a tener otro viaje, quizás llegaría más recobrada, sus viajes al centro le ayudan bastante. Al centro, ¿que centro?, y donde queda, son dudas lo suficientemente poderosas para que quede unos instantes confundida, pero también lo suficientemente intrascendentes para una niña de tres años, por lo que no se molesta en preguntar. Lo que sí sabe, es que le fascina ver como comienza su viaje. A veces solo desaparece, como un rayo. Pero en esta ocasión se pone de pie en un cuerpo incorpóreo, transparente, similar al cuerpo de sus amiguitos y de los animalitos, pero ella mantiene su figura, su forma, aunque es bastante más delgada, alta y sin arrugas. La mira unos instantes y la niña le da un saludo, emocionada, es primera vez que la ve de esa manera. Esa forma de la Mujer Ropa no le transmite ningún temor, sólo intriga. La mujer, ahora translúcida, hace una pequeña sentadilla, anticipando su salto, un salto tan alto y con tanta potencia que la niña tuvo que pararse y curvar el cuello para ver su trayectoria, directo hacia las nubes, dejando tras de sí un cable blanco, que conecta el cuerpo translúcido al cuerpo sentado en la mecedora, como si fuera una tele.
(Ya está terminando su parte aquí, pronto podrá pedir un deseo), comenta Pom, que una vez más flota, esta vez de cabeza, jugando con sus pies.
—También me gustaría pedir un desheo —menciona con los ojos llenos de ilusión. Pero después de ver a Pom flotar añade con una envidia infantil—. Y flotar como tú.
(También podías, y eras la que mejor volaba) dice Champú, con gran entusiasmo. (Pero cuando llegó tu momento te fuiste, igual que en una de mis vidas, cuando mis nuevos papás me llevaron y tuve que dejar a mis amigos en el orfanato).
(Cierto, demoraste en volver a juntarte con nosotros, pero valió la pena la espera)
A pesar que son cuerpos translúcidos puede apreciar una sonrisa en ambos, lo que le da una oleada de amor hacia sus amigos. Los mira con gran cariño, intentando descubrir o recordar que es un orfanato, Champú la mira y se ríe al ver que no lo sabe, pero no le da explicación ni importancia, todo a su tiempo. La atención de la pequeña vuelve a la Mujer Ropa, desde el patio logra verla, pero la oscuridad de la habitación impide ver detalles.
La Mujer Mamá habla muy poco con la Mujer Ropa, intenta evitarla. Puede saberlo. La mujer ropa siempre va repitiendo lo mismo, es muy frustrante, “disco rayado”, mencionó una vez Juan, una personita del grupo de cinco que siempre está callado, pero sus comentarios oportunos siempre generan una carcajada. Esa frustración hace que la Mujer Mamá y el Hombre Papá se peleen. La Mujer Ropa desagrada mucho al Hombre Papá, tanto que no es capaz de entrar a esa habitación, hay algo que no le agrada de aquella mujer, y no puede saber que es; antes podía leerle la mente a ambos, era mucho más fácil que ahora.
Antes podía escuchar pensamientos completos, imágenes y colores. Ahora son susurros o conceptos, le trae sin cuidado, ya que se sentía como una invasora, cada vez que entraba en sus cabezas sin permiso, y parecía que ambos se daban cuenta. Al entrar en alguno de los dos su mente empezaba a dar vueltas en el mismo tema, rápidamente, como corriendo, como la ropa en esa caja que hace ruido. Eso le mareaba y la obligaba a salir de ahí, ellos quedaban alterados. Mejor que no logre entrar tan fácilmente.
Le gustaría saber el porque siempre se enojan con ella, si bien repite todo todo el tiempo, no es tan desagradable, para ella es aterradora, pero no debería ser problema para los mamás-papás, ellos también son gigantes. Se pone de pie, se despide de sus amiguitos y camina hacia la pieza de la Mujer Ropa, asomando solo la cabeza. La ve ahí, en su habitación oscura, respirando trabajosamente. La mira con curiosidad, le gustaría saber quién es, y por qué a veces cuando vuelve de sus viajes, transmite tanta tristeza, y a veces mucha alegría. La pequeña se pregunta si la mujer ropa sabrá quien es ella, y lo que le provoca más intriga: ¿Sabrá la mujer ropa, quién es ella misma?
4
Viajar más rápido que la velocidad de la luz es imposible, el tener masa impide cualquier tipo de velocidad que se acerque a la de la luz. Para lograr algo parecido se debería usar métodos diferentes al del movimiento; un “Puente Einstein-Rosen”, más conocidos como “Agujeros de gusano”. Quizás curvar el espacio, tanto delante como detrás, como lo sugiere el Mexicano Miguel Alcubierre con su propuesta “Warp drive”, o “Propulsión por distorsión”. Pero también es posible hacerlo si no tienes masa, sin masa no aumenta la resistencia a la velocidad, y esquivas lo que en física se llama: “Taquión”; que es unos de los errores matemáticos que se enfrenta al estudiar el viaje a la velocidad de la luz: la causalidad se pierde, se puede viajar en el tiempo y locuras varias.
Pero puede que haya algo que pueda viajar mas rapido que la velocidad de la luz, sin violar ninguna ley de la fisica: el alma, energia pura. Y ella, nuestra Mujer Ropa, que ya tiene varios viajes astrales a lo largo de su vida puede llegar a cualquier parte del cosmos que quiera.Evitando los límites del universo y el tiempo, eso sí que violaría un par de leyes, de distinto tipo al de la física.
Intenta llegar al centro, lo ha hecho antes, pero no logra entrar, en uno de sus primeros intentos vio la niebla que impide el paso, pero en esa ocasión estaba envuelta en ella. Ahora la ve desde fuera, puede ser que la niebla se haya encogido, o que en esa ocasión se teletransportara con tanta potencia que quedara atrapada en la niebla, como si fuera un bicho en telaraña. La niebla aún le impide el paso, pero está mucho más translúcida que antes, y logra un poco ver la estrella central. Si bien el deterioro de su cuerpo aquí no es tan potente, el daño que le provoca el desorden de su mente afecta su alma, y el daño la acompaña a donde quiera que vaya. Es el motivo del que no la deja atravesar la niebla, y su aparición en primer lugar, un método de defensa bastante bueno (aunque implique que le hace falta avanzar aún). Detrás de la niebla logra escuchar una voz, se escucha como si tuviera una mordaza en la boca, es inentendible y no logra reconocerla, la frustra tanto que se aparta unos kilómetros para ver la burbuja de niebla.
Cierra los ojos y hace nuevamente una introspección, intenta buscar el orden. Padres, hermanos, colegio. Sus recuerdos son como una seguidilla de sueños, que no se pueden recordar del todo, o bien se vuelven absurdos a medida que se recapitulan. Si bien se reconoce como una mujer adulta, no logra identificar del todo su edad y peor aún; su nombre. La niña que estaba en la casa la conoce como “Mujer Ropa”, leerle la mente a la pequeña resultó un poco más simple, aunque no tan fácil como se podría pensar. Las personas que no tienen el don, tienen un método de defensa férreo en contra de invasores, aquellos con el don son un poco más fáciles de leer. Pero cuando usan un método de defensa es mucho más fuerte y eficiente que la mente de personas que no tienen el don.
Fuera de ese apodo no logra identificarse, y su cronología resulta confusa, es imposible que haya estado acarreando el agua para su madre, y al día siguiente esté yendo a trabajar, o a ver a su hermano mayor al hospital, porque fué hospitalizado por un cáncer de próstata.
Se relaja e intenta acceder a un recuerdo lúcido, antes lo lograba con facilidad, pero hay habilidades que cuesta mucho recordar, en especial con las que no naciste. El tiempo le trae sin cuidado, puede quedarse allí todo el tiempo que quiera. En el universo infinito hay sectores, como si fueran burbujas, en el que el tiempo transcurre de distinta manera en una burbuja y en otra. Por eso hay galaxias que son más viejas que el mismísimo bigban, y por eso ella puede quedarse días, sin preocuparse de su cuerpo físico, protegido por la cadena de plata que conecta ambos cuerpos. Sobre todo en el centro del universo mismo, donde se encuentra. Al ser el punto de inicio de todo, allí todo existe casi de manera cuántica, la densidad de materia que aún se mantiene guardado genera ese efecto en el tejido, en este especie de agujero blanco, que expulsa y expulsa materia, luz y tiempo.
Al no tener ningún tipo de avance en su intento de generar el recuerdo lúcido, decide volver a la tierra a recorrer el lugar que ella recorrió por, quizás, cuantos años. En su mente genera la imagen de sí misma, y en segundos está de vuelta en la habitación en la que pasa su tiempo. Mira por la ventana buscando a la niña, que no se encuentra a la vista, y le sorprende que incluso en su forma astral le es difícil recordar. Sale al patio atravesando la ventana y ve el limonero, se ve más deteriorado que lo que ve con sus ojos físicos, el pasto que veía de un verde fuerte, pero en realidad es más que un verde marchito, lleno de limones pisados y de hojas secas. En las esquinas, maquinaria y ruedas de auto, como si fuera una vulca. Una carretilla, una parrilla… la imagen la desmotiva pero sabe que debe continuar.
Como si se hubiera hecho visible en ese momento, la niña apareció de la nada, corriendo con los espíritus de niños aún por nacer. le parece increíble que la mocosa la vea sin problemas, está acostumbrada a pasar inadvertida, o, al menos eso le dice su mente subconsciente, la niña le da un saludo que ella decide ignorar, y entra nuevamente a la casa. Esta casa no es suya, lo sabe, no tiene energía alguna de ella impregnada aquí, debe ser de ese hombre que ve a veces, mirándola con asco. Algun dia llegaras a viejo, piensa con bastante malestar. Al llegar al living ve a la Mujer de la Puerta, llorando en un rincón. El living está igual o más desordenado que el patio, y una ola de tristeza y tensión emocional la golpean y la dejan unos segundos paralizada. Ve sobre la mujer pequeñas sombras, seres totalmente negros, con ojos amarillos brillantes y los reconoce, sabe que la mujer de la puerta, detras de su sonrisa y paciencia lleva una depresion agobiante y lo peor, es su culpa.
Sale de la casa atravesando el techo, necesita algún indicio de sí misma, energía que haya dejado ella cuando era independiente. Sobrevuela la comuna, no reconoce en donde se encuentra, solo que está en el norte de santiago, no recuerda ninguna comuna pero eso le es indiferente, como si fuera una brújula apuntando al norte, busca vestigios de su energía vital. Vuela entre animales, árboles flotantes y personas, que sobrevuelan la ciudad, algunos vivos y otros muertos. Eso lo sabe por la cadena de plata, que sale desde el centro del pecho; rotas u oxidadas. Los que hacen su viaje astral vivos, conservan su cadena intacta. La suya está conectada al cuerpo, pero se ve marchita. No oxidada, no tiene ninguna enfermedad mortal que la contamine, sino que está trizada, marchita por el tiempo, en otras palabras una anciana.
Detecta su energía en una casa, no se alejó mucho de la periferia de Santiago, se acerca a una población, casas cuadradas y pequeñas y pocos árboles, pero aun así llenas de autos. Perros callejeros, también gatos viviendo en la calle. Estos últimos notan su presencia y algunos le ladran, otros, sin embargo la reconocen y le dan la bienvenida después de varios años. Es de mala educación entrar por el techo, o ventanas de una casa, a pesar que sea prácticamente un fantasma. Así que pide permiso y entra con cuidado a través de la puerta. Dentro está oscuro, pero menos desordenado de la casa de donde viene. Hay depresión, pero no es tan salvaje tampoco. Hay una tele de las viejas, las cuadradas que pesaban varios kilos. Enfrente, sentado en una mecedora similar a la que ella, con cierto esfuerzo logra recordar, ve que está sentado un hombre canoso, no lo reconoce del todo. Pudiera hablar con él, pero no nació con la habilidad espiritual con la que si nació ella. Sin embargo se acerca, un viento suave mueve los canosos cabellos del hombre, y exhaló una bocanada de aire frío. El vaho que expulsó el hombre le dio escalofríos. Con cuidado, y pidiendo permiso antes de hacerlo, tocó la mano del hombre y en ese instante fue transportada a unos años atrás.
5
Se bajan de la micro y caminan a paso rápido, casi corriendo. Tienen que llegar pronto, antes de que sea demasiado tarde. Le compran a un señor unas flores y unos chocolates, y lo guardan en una bolsa, donde reposa una casata de helados que compró antes de tomar la micro. Sabe que a Alicia le encantan, pero con el calor que hace ya se empezó a derretir, y cerca del hospital no hay tiendas donde poder comprar helados.
En la recepción pregunta por Alicia Martinez, rápidamente le dan las indicaciones para llegar a la habitación, intenta caminar rápido, pero hay una pequeña que va con ella, tiene las piernas cortas y le cuesta trabajo seguirle el paso, pero entre quejas y suspiros lo logra con una gran sonrisa en su pequeño rostro. Ese rostro le parece familiar, está a punto de despertar, pero inconscientemente deja que el recuerdo siga su curso, sabe que si intenta controlar de cualquier manera el recuerdo será expulsada.
Entra en la habitación y ve a un hombre, el mismo hombre que vio sentado en la mecedora frente a la tele. Tiene unos cuarenta años, un par de canas en las patillas, una panza de cervecero, una camisa rosada que le queda unas tallas más pequeña, y lágrimas en los ojos. La recibe con una gran sonrisa, que se ve ansioso y triste. Está sentado al lado de la ventana, y entre ambos hay una camilla y una mujer recostada, con el pelo largo, y una mascarilla que le tapa la nariz y la boca. —Bip… Bip…— Es el sonido que las recibe. El hombre se pone de pie con mucho esfuerzo y camina hacia ellas, rodeando la camilla, ella se acerca también para evitar que camine tanto.
—Hermano mío, ¿cómo estás? —saluda, con una tristeza creciente en su pecho.
—No muy bien pues, chanchita, la Ali… la Ali está mal, me… —hizo una pausa para evitar romper a llorar, la voz le salía apenas de la boca—. Me dijeron que ya está en las últimas…
La niña mira en silencio, se acerca a la camilla y le toma la mano a la mujer que yace recostada en la camilla. El hombre mantiene el llanto a raya, se esfuerza en no llorar. Ve a la pequeña y se acerca lentamente, se toca fuertemente el muslo derecho y con mucho esfuerzo se agacha para quedar a la altura de la pequeña.
—Mi niña, muchas gracias por venir a ver a mi Ali, hasta ayer estuvo despierta, pregunto por ti, se alegrará de ver que viniste…
Mientras hablan la mujer se acerca a la camilla, saca las flores que compró y las deja en la mesita de noche que está al lado de las ventanas, por último le da el chocolate a su hermano.
—Pucha Ricardo, pensé que estaría despierta, le traje helado, sé lo mucho que le gusta —dice, mientras saca la casata de tres sabores desde una de las bolsas—, la otra vez que vine no pude traerle, y le prometí que lo haría.
—Gracias hermana, si llegase a despertar se lo daré —deja el helado en un minirefri que está debajo de la camilla.
Intenta ver a Alicia, ahora la recuerda, su cuñada, hermosa y risueña. El recuerdo de su prematura muerte producto de un cáncer que se la llevó rápidamente. Un día se desmayó, y al mes siguiente ya estaba muerta. Con cuarenta y siete años recién cumplidos, esta vez fue la última vez que la vió respirando, la siguiente ocasión estaba maquillada recostada en un cajón, en el que se veía extremadamente pequeña. Le rompe el corazón, y se le vuelve a romper el hecho de haberla olvidado. ¿¡Cómo la pudiste olvidar!?, se recrimina, pero no puede evitarlo, el deterioro del cuerpo lo provoca. Intenta verla con más fuerza, pero siente que si fuerza el cuerpo hace la conexión se irá.
—...tita?, por favor. —dice la pequeña, con los brazos estirados.
—¿Cómo, Javierita?, perdoname mi amor, no estaba escuchando.
—Tengo hambre, ¿me das una galletita?, por favor, mamá.
6
Cuando siente que ya no le quedan lágrimas, y con un poco más de calma en su corazón, Yesica se pone de pie. Le cuesta mucho, siente los hombros pesados y le duele la espalda. Mira a su alrededor y le desagrada mucho el desorden que hay, pero no tiene energías ya para ordenar, es casi un suplicio. Cierra la puerta de entrada, ya entró un poco el calor, y si la deja más tiempo la puerta abierta entran moscas, y es lo que menos quiere en este momento. Camina por el pasillo y ve a su pequeña correr en el patio, verla feliz le derrite el corazón. Recuerda cuando nació, hace tres años y cinco meses. Era la bebé más linda del hospital. Se acerca al patio un poco más y ve que la pequeña se da cuenta de su presencia, da media vuelta y corre hacia ella, saludando o despidiéndose de algo, o de alguien que ella no ve. Su imaginación es tan grande que a veces da miedo.
—¡Mami!, estuve practicando el hablar, ¿se me intiende mejol?
—Si, mi corazón, habla muy lindo mi amor.
La levanta sin esfuerzo con una gran sonrisa en su rostro, pero la niña se percata de las lágrimas secas en su cara, por lo que se cambia de tema para que su madre se ponga contenta.
—La mujel llopa se fue lejos otia vez —dice la pequeña al tocar nuevamente el suelo, y con la cabeza gacha añade—, la saludé pero no me devolvió el saludo.
Yesica mira a la mujer que yace sentada en la mesera en aquella habitación que improvisaron con su marido años atrás, cuando recién vino a vivir con ellos. Verla sentada con la vista en la nada le parte el corazón. Recuerda lo complicado que era cuando aun podía andar, caminaba de un lado a otro, inventando cosas para hacer, siempre con la buena intención de ayudar pero sin estar consciente en su propio cuerpo, que gritaba la necesidad de descansar. Cuando se levantaba de la cama, empezaba a barrer, y ponía la tetera para tener agua caliente, en caso de cualquier necesidad. Pero la cocina a gas que tienen no es para eso, lo único que se lograba con eso era gastar gas, y que Rodrigo, su marido se enoje y la mande a acostar, cosa que a Yesica nunca le gustó.
—Métete en tus asuntos y yo en los míos —le dijo una vez, enfurecida, enterrando la uña del dedo índice en el pecho, dejándole una cicatriz de la fuerza que usó en esa ocasión.
Ahora, verla ahí, sentada, sin sentir su voz llena de energía más que para decir cosas sin sentido la deprimen aún más. A pesar que la estresaba tanto, la echa muchísimo de menos. A veces, lleva un banquito y se sienta con ella. Cuando no está durmiendo o en trance habla sin parar. Cosa que la marea, pero prefiere eso a dejarla tanto tiempo sola. Pide ver tele, cuando la lleva al comedor a almorzar. Le gusta ver trenes, le fascinan, los ve como un niño (o adulto) ve una película de Marvel. Se asombra viendo trenes largos, trenes cortos. Los conoce todos, los trenes de pasajeros o los que llevan material. A veces, Yesica no le cree mucho lo que dice; esto porque a veces habla de cosas que pasaron antes de que ella naciera, pero lo comenta como si ella hubiese estado presente.
Fue todo paulatino, lo primero que pasó fue, después de que la tetera hubiera hervido la puso de nuevo. Después cuánto de agua se le echaba al arroz. Olvidaba que ponía la tetera, después empezó a perder la visión y a quedar sorda. Escuchaba personas que la llamaban, veía personas, animales y ahí Yesica y Rodrigo se empezaron a asustar, fue unos meses después que naciera su pequeña hija. Después todo fue rapidísimo, que olvidara cosas, conversaba muchas veces lo mismo, el mismo tema, pero que para ella era primera vez que lo mencionaba. Repetir hasta seis veces que sí, que hirvió la tetera, o que ya terminaron las noticias, y después, más frecuente el «Si, ya almorzamos».
Intentó llevarla al psicólogo pero ella, la Mujer Ropa no quería. «Estoy bien, no me lleves al loquero». Primero pensó que era alzheimer, pero los síntomas no eran similares. Nunca cambió su personalidad, era la misma persona, solo que se “reseteaba” todo el tiempo. Si bien no recordaba que había comido, o que ya había preguntado en qué día estaba, nunca olvidó quién era Yesica, ni quién era Rodrigo. Pero con el tiempo sucedió algo distinto, la confundió con otra persona, a ambos le decía nombres equivocados, hasta que paulatinamente los olvidó.
Un día, barriendo la casa (cosa que Yesica le decía constantemente que no hiciera), se cayó y rompió la cadera. En un anciano es una sentencia de muerte, pero en ella no. Se sanó rápido, pero el habla ya no era el mismo, hasta que en un lapso de medio año se fue apagando, y ahora es la sombra de la mujer que alguna vez fue. Y se repite siempre que la ve: “Todos seremos viejos, algun dia”
Una manita la despertó del mar de pensamientos, su pequeña.
—Tengo hambre, mami.
Dio media vuelta y vio en el reloj que cuelga en la cocina un reloj; las dos y cuarto.
—Vamos Javivi, es hora de comer, ayúdame a preparar algo.
Mientras caminan hacia la cocina, la pequeña Javiera se despide de la mujer que antes no podía quedarse quieta, y que ahora parece una estatua, más pequeña e inmóvil.
7
Como si la empujara una pared entera salió expulsada, alejándose de Ricardo, su hermano menor dando unos giros exagerados hacia atrás, hasta que por fin logró incorporarse. Sin siquiera tener tiempo de asimilar lo que pasó, ve que su hermano grita. Su salto —o, más bien dicho su expulsión— movió cuadros e hizo volar hojas. Un hombre y una mujer llegaron corriendo, la mujer desde el fondo del pasillo y el hombre, desde una puerta lateral que da al patio, una puerta que ella no vio al entrar. Agobiada con lo que estaba viviendo se impulsó y salió de la casa a toda velocidad por el techo, moviendo a su paso otras hojas que no volaron al primer movimiento brusco.
Mientras viaja por el gran santiago se recrimina el haber olvidado algo —alguien— tan importante. ¡Cómo es posible! A la altura de la torre entel, se sienta en un árbol que flota paciente. Se siente la persona más despreciable del mundo. Recuerda ese sueño que tuvo hace… ¿días?, ¿semanas?, en la que una pequeña su hija camina junto a ella, y luego crece. La niña del sueño era igual a la niña que corretea por la casa, y cuando la ve mayor es igual que la mujer de la puerta. ¿…Será…?
Antes de poder unir otro pensamiento la cadena que tiene en el pecho vibra, eso quiere decir que se recogerá. Instantes después se encuentra en su cuerpo físico. Poco a poco, segundo a segundo va perdiendo cordura, sus recuerdos se van diluyendo como un colorante en el mar. Todo lo que vivió va siendo olvidado a cada segundo que pasa, como un sueño después de despertar, solo que esto no es un sueño, y ella lo sabe, y la desespera. Su cuerpo físico es lento y dolor en la espalda y la cadera la paralizan, todos sus movimientos son torpes, lentos, como si estuviera bajo el agua, o bajo arena. Ve a la pequeña, mirarla, tiene un delantal, uno que le queda bastante grande.
—¡Mira mamá llegó!, su viaje terminó.
—Mira ¿he?, qué coincidencia, justo cuando tenemos el almuerzo listo. —dice la mujer de la puerta, llevándose a la pequeña lejos.
¿Almuerzo?, como si fueran palabras mágicas un hambre insaciable creció desde su bajo vientre hasta taparle toda la panza, un hambre tan fuerte que lo siente sólido, dentro de su cuerpo. Intenta moverse y mantener la conciencia alerta, pero cuando menos se da cuenta, solo hay desorden.
Entre el desorden algo suena. ¿Platos?, siente a alguien comiendo, intenta poner atención, pero su mente parece un torbellino, se ve caminando en la calle, mirando al árbol del patio, se ve en un departamento, caminando con un perro, pero, al fondo siguen sonando platos, y luego, silencio.
El silencio que siente es casi sólido, la cubeta llena de agua le pesa mucho, y le queda mucho camino por recorrer aún. Camina hacia su casa, el sol de las cinco de la tarde le llega directo a la cara, y a pesar del esfuerzo que tienen que hacer sus ojos, pueden ver que la esperan sus hermanos, los ve afuera de la casa, corriendo. Apura el paso, quiere llegar para poder jugar un poco con ellos, pero llegando siente un ruido familiar, un ruido que le encanta. Se da media vuelta y ve un tren acercarse poco a poco hasta donde se encuentra. Su casita queda a la orilla de las vías del tren, a unos veinte metros de distancia, se da media vuelta para avisar que el tren viene, pero antes de decir palabra sus cinco hermanos, uno mayor y tres menores ya están en posición para verlo pasar.
Uno, dos, tres… Siete en total los carros que tenía el tren, ya más feliz que cansada sigue su camino a la casa. El jugueteo de sus hermanos cesó, ahora se encuentra sola, la luz del día súbitamente aumentó, como si fueran las siete de la tarde. De la casa sale una pequeña, ahora con más información en su disco duro sabe quien es: Javiera, su hija.
La niña la mira, entra a la casa y luego se asoma, dejando visible solo sus ojos y las manitos. Deja caer el bote con el agua, pero no produce ningún ruido, es como si la tierra se lo hubiese tragado. Corre a todo lo que le dan las piernas. Mientras más se acerca a la casa, más oscuro se vuelve todo y un viento de tormenta le hace perder el equilibrio. Al entrar se encuentra en una habitación de hospital, su hija está sentada en una silla y apoyada en la camilla, dándole la espalda. Es mayor, tiene quince años y sufre, tiene miedo y pena, lo siente en ella, también siente una vida que se apaga, ¿Alicia? No… es alguien más, lo sabe pero no del todo. Una angustia le crece desde el bajo vientre, se acerca y ve un hombre, está en coma y muere, a causa de un accidente de tránsito. Iba camino al trabajo cuando le pasó, nos avisaron a las tres de la tarde, cuando ya había quedado en coma. Tuvo un mal presentimiento ese día, le pidió que no saliera, que tenía una corazonada. « Lo siento, me tengo que ir, si tuviera como avisarle al Richard me quedo, pero no tengo como, lo siento». A pesar que sabe todo eso no sabe quién es…
Se acerca, rodeando la camilla para quedar frente a Javiera, pero cuando va a tocarla, su hija levanta la mirada y es la mujer de la puerta. De su espalda comienzan a salir aquellas sombras, que se alimentan de tu tristeza y hacen peso muerto en tus hombros, susurrando todo tipo de aberraciones para hundirte. «¡Todo es tu culpa!, por tu culpa mi marido ya no me quiere y peleó con él, por tu culpa de ser una vieja de mierda», le dice, con una voz distinta casi gutural. Comienza a avanzar hacia ella, gateando sobre la cama. Del techo comienza a caer barro y petróleo, también sangre. Su cara se empezó a deformar, ya no es la mujer de la puerta, es también alguien más. «¡¿Por qué dejaste que se fuera!?, ¡debiste ser tú y no él!»”. El hombre, al que no le podía ver el rostro comenzó a gemir, y cuando levanta la cara, esta se le empezó a caer. Grandes motas de carne y cuero cabelludo empezaron a caer, y debajo, como si la carne que se cayó del hombre fuera una cáscara de una naranja, dentro como la pulpa se ve la cara pequeña de Javiera, su hija, aunque es distinta, es la niña que corretea por la casa. La mira con ojos llenos de miedo, «¡no te me acerques!, me das miedo, y hueles a pipi» dice llorando, retorciéndose como si sintiera mucho dolor.
Intenta huir, pero sus piernas no se mueven, se mueven como una silla suelta. Cuando la mujer de la puerta le toca una mano, el suelo empieza a deshacerse, como arenas movedizas. La desesperación era tan grande que siente que le va a dar un infarto, cuando ya está hundida hasta la cintura, y la mujer de la puerta está sobre ella, con el cuello roto, y su cabeza colgando como una piñata alguien grita: «¡JULIA!».
Despierta dando un salto y un grito, uno que fue tan fuerte que la mujer de la puerta llegó corriendo, con los ojos bien abiertos y también gritando, mientras intentaba calmarse vio asomarse a la pequeña, aterrada. Le falta el aire, todo le da vueltas, intenta mantener las bocanadas de aire que inspira pero son expulsadas al instante con un grito, y posteriormente esos gritos desesperados se convierten en tos, una tos convulsiva que casi no la deja respirar.
—¡Trae un vaso con agua Javiera! —dice la mujer de la puerta, indicando con su brazo hacia fuera de la pieza mientras se acerca a la anciana que tose cada vez más deprisa.
¡¿Javiera?! Igual que su hija…
—Se ll… ¡cof cof!!!... se llama igual qu… ¡Cof cof! —intenta hablar, comentarlo, pero le es imposible.
—¡No hable, por favor!, va a toser más!
La niña llega con un vaso de agua, y cuando la mira a los ojos, la niña llora, grita desesperada.
—¡Tuvo una peshadilla, mamá! —dijo entre llantos la niña— nosotros estábamos ahí!, ¡buaa!
La Mujer de la Puerta, notoriamente colapsada intenta darle de tomar el agua para que cese la tos mientras le hace círculos en la espalda, intenta darle atención a su pequeña, «¿cómo sabes!?» quería preguntar pero no lograba calmar la tos.
—¡Rodrigo, llévate a la Javiera!, ¡apurate!
—¡Voy! —se escucharon unos pasos de pies descalzos y un hombre entró a la habitación, tomó a la niña que aún lloraba, sobándose los ojos a puños cerrados, el hombre la miró y salió inmediatamente.
Minutos después, ya con más calma y sin tos, mira a la Mujer de la Puerta, que llora sentada a su lado. Levanta la mano y le hace un gesto de que se acerque, la mujer dubitativa se acerca. Con mucho esfuerzo le pone su mano, vieja, con los tendones afilados hacia la superficie, como alambres y la piel manchada, sobre una mano más joven, pero deteriorada por el interminable contacto con lavalozas, y posiblemente cloro. Le hace cariño con su dedo pulgar y le sonríe, la mujer le devuelve una mirada seria, pero con una sonrisa. Se mantiene así unos momentos, y la mujer se pone de pie y camina con la intención de salir de la habitación.
—Javivi, mi amor —dice con mucho esfuerzo, la mujer de la puerta se da media vuelta con los ojos bien abiertos, esta vez en son de sorpresa—, ¿esta bien?
—...si, no se preocupe, ¿se siente mejor de la tos?
—Si, pero no de la pesadilla, fue fea —dice con la voz entrecortada—. La niña vio lo que yo vi, atiendela bien, dale algo rico y un beso —la mujer de la puerta no dijo nada—. No es imaginación, es un don.
La mujer, que está en la puerta vacila si salir o no, mientras la anciana descansa su espalda, esta vez está lúcida, no al 100%, pero se acerca, y lo hace cada vez más. Si tan solo pudiera saber más, aquel hombre que vi, lo conozco pero no sé donde. quizás, otro viaje lúcido. De pronto, ve aquella fotografía que cuelga paciente al otro lado de la habitación, eso le servirá.
—Mijita, pasame ese cuadro, por favor —apunta con dificultad el mismo cuadro que le entregó hace… no puede decir un tiempo exacto, podrían ser días o semanas atrás.
—Altiro, pereme un poquito, solo tengo que… listo… —el cuadro le queda un tanto alto y tiene que esforzarse un poco— Aquí tiene, ¿qué quiere ver?
—Quiero ver a tu padre, me está esperando —con el cuadro en su poder lo apoya en sus piernas y posa las manos sobre el vidrio y cierra los ojos, ha de concentrarse.
—¿Mi papá? pero si mi papá está… —pero ya es tarde, la mujer ya no se encuentra en esta habitación.
8
Instantes antes de entrar al recuerdo viaja por un túnel lleno de colores, similar cuando viaja años luz en minutos u horas, luego todo es oscuridad y silencio. Un silencio que se va rompiendo con el ruido de pajaritos, viento, pisadas, gente hablando; sonidos que parecieran estar detrás de una gruesa pared. La oscuridad se va desvaneciendo de a poco, al mismo tiempo que se desvanece el silencio, hasta que una luz incandescente la despierta del todo, sacando ese filtro y trayendo el ruido y la luz a su capacidad normal. Frente a ella hay un hombre, con una cámara y un trípode. Hay gente pasando a los lados, todo está lleno de vida.
Se da media vuelta y ve un gran invernadero detrás suyo, su hija, Javiera es más grande que la niña que hay en casa, en la actualidad. Tiene siete años y la mira con una gran sonrisa, y sus dientes ya definitivos en las paletas se ven cómicamente grandes para su carita mas pequeña, la niña hace movimientos bruscos para llamar su atención.
—Toma, pasale esta platita —le dice a la pequeña Javiera—, y el caballero te pasará un papel, anda, corre.
La niña va corriendo los dos metros que les separan, y habla con el fotógrafo mientras ella toma la silla con ambas manos y con mucho esfuerzo empieza a arrastrar la silla, en ella está una anciana que se parece a su abuela. Si hubiera estado en las condiciones anteriores, lo hubiera pensado, en cambio ahora, con su notable avance entiende que no es posible. En aquel recuerdo, teniendo en cuenta que su pequeña tiene siete años, y ella con el físico que puede sentir y ver, debe tener alrededor de cincuenta años. Su abuela ya debió haber muerto hace mucho. Esta mujer, con la mirada perdida, debe tener su misma condición, sea cual sea. El hombre saca unas monedas del bolsillo y lo envuelve en una hoja de papel y se lo entrega a Javiera, quien corriendo vuelve con su madre, le entrega el papel y le pide que se lo lea.
—Dice que debemos ir a buscar la foto a esa dirección, en esa fecha —tenerla tan cerca le provoca sentimientos mixtos, de amor y un tanto escalofríos, en la pequeña ve casi a tres personas mezcladas. La Mujer de la Puerta, su hija Javiera y la niña que está en la casa… ¿será acaso que…?
—Queda cerca de la casa, tendremos que ir las dos de una carrerita, para no dejar a la abuelita mucho rato sola, o decirle al papá.
—Puedo ir yo solita, mama. Estoy grande, no te preocupes —dice mientras aumenta el paso para estar a la altura de la señora en silla de ruedas—. Hola lelita, ¿le ha gustado el parque? —la señora no le habla, ni siquiera la mira— ni siquiera con estímulos reacciona, mami —dice con notoria decepción.
—Lo siento por eso, hay que ser pacientes.
Mientras caminan por el parque, analiza todo. No recuerda que parque es. Detrás de ellas, al sacarse la foto había un invernadero precioso, y frente una casona, aún no reconoce el lugar, pero lo ve doble, es extraño. Árboles de distinto tamaño, pero ocupando el mismo espacio, árboles que están y no están. Su hija Javiera también se distorsiona, pequeña como la ve en ese momento, y adulta. También su punto de vista, que a veces es mucho más bajo del que tiene mientras camina.
Caminan por un camino de tierra, debe reprimir las ganas que tiene de hacer que Javiera deje de correr, levanta mucho polvo, pero al mismo tiempo le agrada verla. Caminan entre otras dos casonas, con un sol muy agradable que le acaricia el lado izquierdo del cuerpo. Llegando a la salida del parque por fin lo reconoce, están en el Parque Quinta Normal, a pesar que su recuerdo es de mediados de los 80 ‘s, le parece extraño no ver el metro con el mismo nombre “Quinta Normal”. Estación de metro que fue inaugurado por ahí de los 2000 ‘s.
Ya casi fuera ve a un hombre, tiene lentes oscuros de aviador, una camisa amarilla y el pelo negro, peinado hacia el lado, con una barba en candado que le derrite el corazon.
—¡Mis niñas!, ¿cómo les fue? —dice el hombre, que levanta sin esfuerzo a Javiera, manteniéndola en el aire unos momentos para recibirla con un gran abrazo y un beso en la mejilla, y un abrazo a Javiera. Se acerca hacia ella y le da un gran beso en la boca.
—Bien, papá, estuvo lindo, nos relajamos mucho. y mira —levanta la mano derecha hacia su madre, quien le pasa el papel que le dio el señor de las fotos—, dijo que fuéramos a buscar al cuadro a esa dirección ese día.
—¡Genial! —dice el hombre sin mucho ánimo, noto un poco de decepción en los ojos de Javiera, también en su corazón se formó un pequeño nudo.
—venga suegrita para acá —deja a Javiera en el suelo y se acerca a tomar la silla de ruedas por las manillas—, caminen ustedes al frente mientras.
Ambas obedecen y caminan tomadas de la mano a paso lento, hasta llegar a un Simca, vehículo color crema, en el que el hombre iba a trabajar todos los días, y cuando podía, las llevaba a pasear. Si bien era atento nunca tuvo intención de acompañarlas más allá, solo las iba a dejar y a buscar. De cierta forma se parece a Rodrigo, piensa. Con mucho cuidado y esfuerzo dejaron a la abuela en el asiento delantero, y después pasó los siguientes tres minutos guardando la silla de ruedas en la pequeña maleta, silla de ruedas que fue donada por el hospital donde se atiendía la abuela en ese tiempo, cuando aún podía caminar.
Ya todos dentro del auto, enfilaron hacia el sur por Matucana, y bajaron por la Alameda, a la derecha hacia su hogar, ubicado en la comuna de Pudahuel. La mujer, nuestra Mujer Ropa, mira atenta el entorno, a veces pareciera ver dos realidades, las del recuerdo lúcido en el que se encuentra, y sus recuerdos del presente, a unos cuarenta y cinco años de distancia.
Ya en la casa, se estaciona y los tres salen del auto, sin apagar el motor. Al incorporarse ve la gran copa de agua, siempre asombrada del tamaño de dicha construcción, y se preguntan «cómo cresta funciona eso», dato que nunca llegó a saber. El hombre saca la silla de ruedas, mientras ella prepara a su madre para salir, Javiera por otro lado les hace barra desde la vereda. Cuando están sacando a la abuela, Javiera hace una pequeña mueca de asco, y ventila su cara con la mano en una acción exagerada, mirando al cielo.
—Gracias mi amor… —dice con notorio cansancio—, si no fuera por ti no se como lo haría.
—Yo sé cómo, con mucho cuidado —dice el hombre, riendo exageradamente, tirando la cabeza hacia antras y sobandose la pansa con ambas manos. Comentario que también le hizo reír a ella, en otras circunstancias no le hubiera dado mucha gracia.
—Chao papi, cuidate mucho —Javiera le da un abrazo apretado, parándose en puntitas para lograrlo —aaa, y pasame el papelito, si no no puedo ayudar a mi mami a buscar la foto.
—¡Chucha!, lo había olvidado hija, jajaj lo siento mucho —saca del bolsillo trasero el papel con los datos y se lo entregó.
—Gracias papi, iré al baño, ¿puedo irme?
—Claro, hija, ¡Dame un beshiiitoo! —dice el hombre, y camina hacia ella con las piernas dobladas y la espalda encorvada, haciendo muecas y gruñidos.
Cuando la alcanza la levanta en brazos y le da un beso en la mejilla, luego cuando la niña está en el suelo le da uno en la frente. La pequeña corre hacia su mamá, que le entrega las llaves y luego corre hacia el departamento. Luego el hombre se despide de la anciana que se encuentra en la silla, y es ignorado por ella, él no le da importancia y luego vuelve la mirada hacia ella, con una gran sonrisa. Cuando lo hace le da un subidón de adrenalina y una sensación de peligro bien grande.
—Oye amor, ¿y si te quedas? —dice ella con una urgencia inusitada, pero tratando de ser lo más normal posible— Quedate, porfavor, quedate con nosotros, podemos comer rico.
—Ju… amor no puedo, tengo que volver al trabajo, el maestro me está esperando
—Porfavor, tengo un mal presentimiento, es una corazonada, quedate.
—Yo… —dice el hombre, lo piensa unos segundos mientras acaricia su barba perfectamente afeitada— Lo siento, me tengo que ir, si tuviera como avisarle al Richard me quedo, pero no tengo como, lo siento.
—Entiendo, perdón por insistir.
—No te preocupes, querida—dice el hombre mientras camina rodeando el auto y se sienta en el vehículo aún en marcha—. Cuando vuelva traeré pollo asado, o quizás unas sopaipas.
—Sería rico… ¿de verdad no te puedes quedar?
—No amor, lo siento —dice él, dándole un beso en la boca.
—Entiendo, chao Rubén —dice ella, con un nudo en la garganta.
—Chao, Julia —dice él.
9
Cuando despierta ve que está en la pieza, con ambas manos sobre la fotografía, intenta buscar con la vista el otro cuadro que le llevó la mujer, ¿Javiera?, no, la pequeña se llama Javiera, como mi hija, pero también podría ser, hay padres que nombran a sus hijos a partir de su propio nombre. Se siente extraña, como si todo lo que ha vivido haya sido para estar en ese momento y lugar. Se siente extrañamente lúcida, más que nunca, y se siente bien. También se siente lista, ¿lista para que?
Se mantiene unos segundos con los ojos cerrados, reposando y asimilando lo que vivió —lo que REvivió—. Su marido, Rubén, el hombre que estuvo viendo desde el inicio, el hombre del sueño era él, el que estaba en la camilla, en su pesadilla era él, y también… Cuando se dio cuenta viajó más rápido que la velocidad de la luz al centro del universo, con la lucidez que tenía ahora podía desatar todo su potencial y su experiencia, incluso puede ver colores más brillantes, y el mundo más nítido.
Al llegar ve que no hay niebla, y puede ver el sol a lo lejos, en lo alto. Se acerca flotando, el sol está posado en una estructura de fierro, le recuerda a la Torre Eiffel, estuvo muchas veces ahí en su forma astral, nunca en la física. Mientras sube volando, recorriendo lo largo de la construcción, ve los pisos de la misma que contiene su interior. Ve gente, seres de luz que ve regularmente en la tierra, no siente voces, están en otro plano, aunque en el mundo astral los planos están más cerca y accesibles que en el físico. Apura el paso, lo quiere ver, necesita verlo. Al llegar a la cima del complejo ve el sol, si fuera de carne y hueso ya estaría chamuscada, pero solo siente un leve calor sumamente agradable, se acerca y toca el suelo, camina en dirección del sol.
En el centro de la plataforma hay una especie de pérgola, con unas elegantes escaleras para poder llegar. Sobre el techo de la pérgola hay una estrella el “sol”, más arriba de la estrella, la singularidad. Estando a pasos de la pérgola lo ve, y corre a su encuentro, es Rubén, quien la mira con lágrimas en los ojos, tiene la misma barba candado, y su pelo bien peinado. Su cadena de plata, rota en su pecho le recuerda aquel accidente que tuvo ese día camino al trabajo. Nunca llegó con Richard, y nunca más volvió a la casa.
—Hola, vida —dice él, con una sonrisa.
—Hola, Ruben, tanto tiempo, amor.
—Mucho tiempo, por fin te acuerdas de mí.
—Yo… yo… —hace el intento de hablar, pero su llanto no la deja, mantiene el aire unos momentos hasta que por fin puede hablar— No fue a propósito, no supe ni siquiera que pasó, en qué momento que me perdi.
—Lo se amor, no hay problema.
—Es hora, ¿no? —pregunta Julia, con una mezcla de tristeza, y entusiasmo
—Si, es hora, podrías entrar al tiro si quieres —dice Ruben, haciéndose a un lado, dándole espacio e indicando que pase con su brazo—. Ella también te está esperando.
—Mi… mi… No lo sé, tengo miedo, Rubén.
—Es lindo aquí, yo pasé la prueba y pude entrar, de no haberlo logrado me hubiera quedado en ese plano, vagando. Tu lo pasarias con creces, creo en tí.
—He escuchado sobre eso, sobre el término y las preguntas, pero no estoy segura de adelantarme, tengo que hablar con ella antes de partir.
—¿Estás segura?, ¿cómo se lo dirás? —pregunta Ruben.
—Tú sabes —responde ella, con una sonrisa y determinación—, con mucho cuidado.
10
En la habitación, y más lúcida que nunca, deja el cuadro en la silla de al lado,y llama: «Vivi!», no hay respuesta. Si bien está lúcida, su cuerpo sigue dando fallas. «¡VIVI!».
Esta vez llegó la Mujer de la Puerta, o Javiera, esa es la duda que aun no la deja partir, no se atreve a irse aún. La ve triste, también ve los seres que tiene en sus hombros, comiendo su estrés y tristeza. El estrés ya no estará cuando ella se vaya. Le hace unas señas para que se siente a su lado, la mujer se acerca y se sienta, le pide la mano y se mantienen en silencio unos segundos.
—¿Eres mi javierita? —pregunta con mucho esfuerzo, su voz es más cascada que de costumbre, su cuerpo ya está en las últimas.
—No… —responde la mujer, pero luego con un tono más cínico —No soy su Javierita.
—Te pareces mucho a ella… —dice Julia, mira hacia el techo y llora—. Ya sé que le pasó a tu papá, un accidente y yo pude evitarlo…
—No se preocupe —le comenta, haciéndole cariño en la espalda—, eso no se pudo haber evitado, fue un accidente. Además ya pasará, lo olvidará.
—¿Cómo es eso? —pregunta, casi aturdida, con el ceño fruncido.
—Que ya ha recordado todo antes, incluso más que ahora, creo… se acuerda que le comente hace unas semanas?
Julia deja de llorar y mira al suelo, decepcionada, pero vuelve a levantar la vista, esta vez es diferente.
—No recuerdo eso, pero sé que esta vez es diferente, corazón. Ya estoy por irme.
—¿Irse? —esta vez es la mujer de la puerta, con notorio espanto, ahora ella tiene el ceño fruncido.
—Tu papá, Ruben me está esperando, amor.
La joven da una pequeña risita y añade.
—Ruben es mi abuelo, y usted también… —Julia mantiene silencio, la joven, la Mujer de la Puerta se para y camina abriendo el cajón y trae algo. — Yo soy Yesica, esta soy yo mire —le acerca la otra fotografía—, ¿ve? esa soy yo, y ella, la mujer que está sentada es usted, y ella, esa pequeña, la misma que usted ve revoloteando por allí, es mi hija, Javiera, como mi mamá. Usted quiso tener una fotografía, igual que la que tenía con mi bisabuela, pero luego se confundió y pensó que usted era su abuela, y yo era usted, cosa que la verdad me hizo feliz.
Julia guarda silencio atónita, luego comienza a llorar, Yesica se acerca para abrazarla, el llanto es tan desgarrador que también llora. Javiera, la pequeña se acerca, no llora, pero tiene toda la atención en las mujeres, expectante.
—Mis papás, Javiera y José, ellos…
—Sé que pasó con ellos, se fueron, están esperándome también, junto con tu hermano Jaime.
Esta vez fue Yesica quien guardó silencio.
—Perdón por ser una carga hija, yo también lo pasé con mi mamá, después que murió el Rubén tuve que dejar a la Javierita sola para poder darle de comer, ella era grande, pero todos sus sueños se estancaron por tener que cuidarla, no le pude dar un buen futuro. En este país las cuidadoras no existimos, si no estamos apatronados nos morimos de hambre.
Una oleada de culpa llenó el corazón de Yesica, que se quejó tantas veces de Julia. Julia se da cuenta de ello, le toma la mano y la hace volver.
—No te preocupes mijita, es humano sentirse abrumada de vez en cuando, sobre todo cuando la persona que cuidas no es más… no es más que un saco de carne, que… que… come, se mea sola y la tienen que bañar…
Ambas lloran unos minutos, Javiera las ve desde la puerta, también llora, ahora su pequeño cerebrito hace conexiones, sus dudas son respondidas de una en una.
—¿Escuchaste alguna vez que me quejara?... —pregunta entre sollozos— Yo… lo siento abuelita, perdóneme…
—La escuche con mi mente, te lo dije, tengo un don y Javierita también lo tiene. Ni mi hija ni tu, mi nieta lo heredaron, pero esta pequeña si. Cuidala… yo… yo tengo sueño…
—Abuelita esperame… te traere un vasito de agua y vuelvo, ya?
—...ssi… gracias yesiquita… yo.. te quir…
Corre hacia la cocina, saca un poco de agua tibia de la tetera, que había hervido hace escasos minutos, y corre de vuelta a la habitación, pero se queda en el marco de la puerta, mirando a la pequeña Javiera, que está llorando recostada sobre la anciana que descansa sin vida, con una sonrisa en el rostro.
Comentarios
Publicar un comentario