-La Mosca-

La fila en el supermercado era demasiado larga, y a pesar de que en aquel recinto hay más de diez cajas, están disponibles sólo tres. En sus manos solo hay dos cosas y le es imposible esperar tanto para comprar tan poco, así que guarda disimuladamente el objeto más importante en su chaqueta y el resto donde los encontró. Su casa queda cerca del supermercado por lo que siempre es la mejor opción. Sale sin problemas, los guardias estaban pendientes de otra cosa y las cámaras de seguridad no sirven de mucho. El supermercado es un desastre, todo está desordenado, hay bolsas de golosinas abiertas en el piso y en las bandejas. 

Camina con la vista hacia el suelo y las manos en los bolsillo, viste una chaqueta impermeable larga de color negro, un gorro de lana y guantes. Le pica el cuerpo pero no se rasca, no puede hacerlo.  Va tocando cada rincón del objeto que necesita. Esta vez por fin tendrá éxito. Levanta la vista y ve caras conocidas, gente que ha sido vecino durante ya casi ocho años, pero que nunca han entablado conversación, ni siquiera un “hola” fugaz. Una de esas caras conocidas era un compañero que tuvo cuando aún iba al liceo, se llevaban bien, era el único que no lo molestaba como el resto de sus compañeros. Luego de salir del liceo quiso estudiar pero le fue imposible, su familia no era acomodada ni mucho menos, lo único que pudo optar fue a un preuniversitario gratuito, y por ende de mala calidad. Todos los recursos familiares fueron a dar a su hermano menor, así podría prepararse desde pequeño. Esto no le quitó el sueño, pero sí lo hizo la actitud arrogante de su hermano que ocultaba a sus padres, esto le dio varios problemas y una prematura independencia.

Vive en una casa pequeña de dos ambientes, separados por un baño, todo muy pequeño y obscuro, ubicado en un pequeño barrio en la comuna del valle, una pequeña comuna ubicada al medio de tres cerros, en la periferia de Santiago, por el sur. Es un hombre solitario, siempre lo ha sido y siempre lo será. Desde pequeño le costó mucho relacionarse con otros niños y con las tías, o profesoras de párvulos. Él entendía las indicaciones, en ese sentido era impecable, resaltaba entre todos sus compañeritos, pero en el recreo resaltaba aquella gran falencia, pasaba los recreos en un rincón sentado en el suelo con las piernas juntas y mirando al vacío. Las tías intentaban llegar a él, pero siempre daba la misma respuesta: «Estoy bien gracias, no se preocupe».

De mayor no era muy distinto. No soportaba a sus compañeros, ni ellos a él. No le iba bien con las notas, y siempre buscaba la oportunidad de saltarse las clases, entendía la materia pero no le apetecía ser una oveja más. Pasaba los días y los recreos solo, sentado debajo de las escaleras, viendo como todos se comportan como deben comportarse a esa edad, jugando a la pelota, al pillarse o conociendo por primera vez lo que era besar a ese alguien especial. Viendo todo desde las sombras, desde el fondo de los pasillos de su escuela, unos pasillos que se parecen maliciosamente al pasillo que separa ambos ambientes de su casa, el que por la noche pareciera más largo y más aterrador. Siempre que puede llega tarde, solo a dormir. La televisión ya no le interesa y siempre que puede prende su vieja consola y juega a videojuegos, juega siempre los mismos ya que su sueldo solo le alcanza para el transporte, el arriendo y si tiene suerte comida y aseo. Si no fuera porque le dan desayuno y almuerzo en su trabajo, estaría totalmente en los huesos. Sin embargo, no son las principales razones por la cual no quiere llegar a casa, ni la más importante. El principal motivo... el premio mayor, se lo llevan ellas. 

Hace un poco más de un año atrás comenzaron a surgir. Pequeñas y distantes, como estrellas en el cielo, en menor número y de poco tamaño. De primeras no le tomó mucha importancia, después de todo las hay en todo el mundo, y las hay por montones. Pero con el tiempo le empezaron a incomodar, ya no era solo una, eran diez, eran veinte fijas, llamando su atención, burlándose.

«No nos puedes pillar»

Claro que podía. Lo hacía, o lo intentaba. Aunque con el número que tenía en contra no hacía mucha diferencia. Pequeñas manchas, rápidos movimientos captados por el rabillo del ojo lo alertaban y allí estaban, las sentía, pero en cuanto le ponía el ojo encima éstas dejaban de volar y quedaban quietas, mirándolo fijamente si es que no optan por desaparecer.

«Aquí estamos»

A veces, mientras juega o lee algún libro allí aparecen, volando frente a su cara, viendo el celular antes de dormir, se posan unos segundos en su cara y emprenden vuelo, se posan sobre la pantalla y cuando las elimina, una por una dejan pequeños cadáveres pegajosos en la pantalla. Cada día le molesta más y más verlas, quietas esperando algo. ¿Qué están haciendo ahí? ¿Cuál es el propósito? y, ¿cómo se reproducen tan rápido? Con el tiempo, no sabe a ciencia cierta desde cuando, comenzó a salir un olor extraño. ¿Humedad?, ¿Madera? No lo sabe, pero cada vez  le cuesta más estar allí, es un olor pesado como a tierra húmeda y putrefacta y agua estancada, y la cantidad de ellas aumenta progresivamente con el olor. Cuando comenzó a ver decenas de ellas en el techo y en las paredes, se preocupó y las comenzó a cazar. Compró una planta carnívora, esta pequeña se alimentará y crecerá grande y fuerte. Pero algo le sucedió.

En la tienda le dieron instrucciones simples pero importantísimas: No “alimentarla”, mantener la tierra del macetero húmeda, para ello el musgo es fundamental (lo compro en la misma tienda), el agua que necesita la planta carnívora es de lluvia o destilada, y por último que no le llegue el sol directo y que mantenga una temperatura ambiente de veinte grados. Instrucciones simples que las siguió al pie de la letra desde el momento en que salió de la tienda, pero al término de la primera semana encontró un olor putrefacto y vivo al mismo tiempo, al llegar a la fuente de aquel olor encontró a la planta muerta y completamente cubiertas por ellas, y esto se supone no pasaría.

Cuando se levanta por la mañana siempre están en la ventana, dándole los buenos días, día tras día aumentan en número, a pesar que todos los días mata con sus manos a más de veinte, y ni hablar de las que mueren con el uso de raid, sus paredes blancas tienen innumerables manchas de cadáveres de sus pequeñas acompañantes, y cuando se levanta por la mañana hay más, la multiplicación es exponencial y esto lo desespera cada vez más. Pasado seis meses ya no podía entrar a su casa sin una sensación de profundo asco. Sus paredes antes blancas tenían sólo un tercio de su superficie libre de manchas de los pequeños cadáveres, y cada día por la mañana hay más y más. A veces, mientras camina descalzo por su habitación hacia la ducha pisa montones de pequeños grupos, dejando mojado y algo pegajoso los pies, como cuando pisas una babosa con los pies desnudos. En la ventana, y alrededor de ella se acumulan una gran cantidad de ellas. Antes de salir, con una toalla vieja limpia las ventanas y las paredes adyacentes, las deja limpias, viendo cómo revolotean por fuera de la ventana.

Durante los meses siguientes el número aumentó a tal punto que el asco se transformó en miedo, sentía cosquilleos todo el tiempo, sentía pequeñas patitas caminando por su cuello, revoloteaban por sus orejas, nariz, ojos y boca, no podía comer ni tomar agua, estaba casi trastornado, con una psicosis que no le permitía hacer otra cosa que ver si había o no un monton cerca, para matarlas al instante. Pero, ¿qué sucede en el punto de su casa donde él no alcanza? El está atento a su cuerpo y lo que ve en su metro cuadrado, pero, ¿al otro lado de la casa?, ¿qué sucede en la otra estancia?, ¿en el baño?, ¿en aquel rincón más lejano de su habitación, detrás de los muebles, en las cortinas?.

Al percatarse de ello le hizo reflexionar sobre el aseo, algo que hacía con regularidad, pero no lo suficientemente profundo quizás. Ideó un plan con dos etapas, y las puso en práctica de inmediato. Primero recorrió todos los rincones de su casa, pero sin encontrar lo que buscaba, un nido, una fuente por donde emergen. Quizás vienen de fuera, así que cerró las ventanas para impedirles el paso, pero luego de más de tres meses lo único que dejó de entrar fue el aire fresco. Su casa era un recinto cerrado y al no encontrar una fuente, comenzó con la siguiente etapa.

»No puedes con nosotros, somos mas que tu»

Llegado el momento compro todo lo que necesitaba. Insecticidas. Muchos. De todos los tipos y todas las marcas. Doce, quince quizás, un tarro por cada mes desde que todo comenzó. Con unas máscaras de doctor, una bufanda y una polera vieja se hizo una capucha, para no respirar de los químicos. Un gorro de lana y la capucha de su poleron para que cuando mueran las putas no caigan en su cuello. Lo primero ya lo había hecho durante la búsqueda de la fuente: separar muebles de todas las paredes de su hogar, todos los cuadros, cama, todo tiene que estar a la vista. Segundo, abrir todas las puertas de todos los muebles, y sacar las cajoneras. Tercero; vaciar diez de los quince tarros, por todos los rincones de su casa, techo, suelo, cajoneras.

No dejaba de pensar que esto era excesivo, ridículo casi, pero cuando veía que en el suelo se hacían montículos de cadáveres de moscas de todos los tamaños y colores dejaba de pensar que estaba exagerando. Lo primero que hizo fue desarmar las ventanas, que constan con dos paneles de vidrio que con un carril se abren y se cierran, abriéndose completamente para un lado usando un panel como eje, o bien dejando ambos paneles en el centro. Vació el contenido de los tarros en ellas, usando un el mismo panel para cada ventana. Limpiando los marcos, los extremos de los paneles de vidrio, las paredes colindantes. Terminando esa labor cerró las ventanas para que no se escapara el raid.

Cuando ya había acabado con seis de los quince tarros, con los ojos terriblemente irritados quedó varios minutos mirando la cantidad de moscas que caen muertas, pensó en cuántas se debió comer mientras dormía o... respiraba. Pensó en su hermano, que debe de estar viviendo en una buena casa, trabajando en un buen lugar, luego de haber estudiado en una buena universidad, siendo un hijo de puta arrogante a escondidas y un ser de luz por fuera. En cómo manipuló a su padre, quien lo botó de su casa por una pequeñez, su madre, quien lo trató pésimo, todo exagerado por ese pequeño bastardo. Solo fue un lápiz, y se lo enterró solo una vez.

Antes de dejar su casa, cerró todo, puso toallas por debajo de la puerta y por las ventanas, para que no se escapara nada y aviso a los arrendatarios que saldría por un par de semanas a algarrobo a ver a su familia, que cualquier cosa lo llamaran a su celular. Todas estas fueron patrañas, porque durante las dos semanas se quedó de polizón en su lugar de trabajo. Tenía más de cinco años trabajando ahí, y conocía perfectamente donde podía colarse para dormir la noche y donde y cuando ducharse. Su trabajo quedaba cerca del centro, entre la plaza de armas y el cerro Santa Lucía. Consistía en redactar formularios, ordenar pedidos, revisar stock y actualizar en la página web, si faltan elementos o cuanto número de stock hay en tiendas. De vez en cuando traducir alguno que otro documentos en inglés, y vice versa. La oficina es grande, amplia, y de vez en cuando hacen fiestas, de esas fiestas de mierda que solo los locos asisten. Por ello cuenta con cocina y un baño con ducha y no cuenta con cámaras dentro de las instalaciones, ya que el dueño es fanático de aquellas fiestas. Las dos semanas pasaron lentamente, y durante aquellas dos semanas hubo dos de aquellas fiestas, por lo que tuvo que improvisar y pasar la noche escondido, pero no podía, a veces los gritos de dolor eran demasiados, por lo que optaba por algún bar hasta que cerrara e iba a otro, así hasta comenzar la jornada laboral nuevamente.

Pasado el tiempo volvió a su casa y pasó por el super a comprar alguna golosina y algo para tomar, si todo salía bien había que celebrar, pero si no había que ahogar las penas, y hablar con los arrendatarios para ver que se puede hacer. El arriendo es insólito, es lo más barato que podrá encontrar y no podía optar a algo mejor. Todo fue de maravilla cuando al entrar, no vio a ninguna mosca en las paredes, solo en el suelo, sobre su cama, muebles y demás. No había olor, y todo pinta bien. Barrió las moscas y las guardó en bolsas, limpio paredes, re ordenó muebles, limpio los vidrios. Todo cobra vida nuevamente, las moscas se fueron, la alegría llegó a su vida y fue inmensa. Pero no eterna. 

Durante los meses que siguieron todo fue de maravilla, volvió a comer en casa y veía televisión. Ya no llegaba tarde a casa, y comenzó a comprar adornos y a hacer arreglos. En su trabajo comenzó a hacer amigos, y todo le iba de maravilla. Un buen día de noviembre, actualizando los números de stock sintió un olor que reconoció de inmediato. Los pelos de los brazos y de su nuca se erizaron al tiempo que un escalofrío recorrió su espalda, un sudor frío recorrió toda su frente. Con un solo vistazo lo vio, como si supiese de antemano dónde estaba, mirándolo plácidamente. Esto lo alteró inmediatamente, pero se tranquilo pensando lo obvio, existen en todos lados, debió entrar por algún lugar, quizás hay alguna ventana abierta.

Luego de aquel encuentro de la oficina estuvo todo tranquilo, trataba de olvidar aquel asunto pero le era casi imposible, el suceso le daba vueltas en su mente contra su voluntad. Cuando se cumplió una semana de aquel hecho aislado volvió el olor y la mosca. Esta vez eran tres. Pensó lo mismo que la vez anterior y le fue bastante bien con eso. Hasta que en la micro vio tres moscas más. Al día siguiente y al subsiguiente le fueron acompañando más moscas, pequeños puntos, ojos amenazantes. Todo esto acompañado de cosquilleos, malestar en la piel, nervios. Las moscas estaban donde él estaba. En la oficina, en la calle, en el supermercado. ¿Alguna vez terminará?

La cantidad de moscas que ve va en aumento, y siempre cerca de él, lo rodean. Las ve salir desde atrás, arriba y abajo de él, por el rabillo del ojo aparecen, y sin ninguna duda sabe que algo anda mal. En su casa además de estar en las paredes, techo y suelo vuelan a su alrededor, se posan en sus brazos, cara y piernas. Las aplasta y deja sus pequeños cadáveres. ¿De dónde salen? Hace un par de días que ya no quiere ir al trabajo, pidió un adelanto de sus vacaciones. Las moscas lo siguen a donde quiera que vaya, ¿cómo es eso posible? El cosquilleo que comenzó junto con la aparición de las moscas nunca cesó. Era algo tolerable hasta hace muy poco. Ahora son casi constantemente.

Cuando siente nuevamente un cosquilleo en el revés de su mano lo observa de inmediato y cuidadosamente fue acercando su mano hasta sus ojos. Lo que vio fue algo que ni en un millón de años pensó, o imagino ver. El horror y el asco fueron tal que no pudo evitar el vómito. Una, dos, tres veces. El dolor en el pecho, y la fuerte presión en la cabeza impidieron que vomitara una cuarta vez. Tosió hasta que se quedó sin aliento e intentó vomitar una cuarta vez, sin éxito. En su lugar dio un grito profundo, desde el fondo de su garganta. Un grito salvaje lleno de horror. Perdió el equilibrio, los oídos se le taparon y la vista se volvió borrosa, y con un leve tono oscuro alrededor de la visión. Con la respiración entrecortada comenzó a tiritar. ¿Qué mierda es esto? No puede volver a mirar, vomitaría de nuevo, por lo que opta por pasar los dedos, convencido que fue una alucinación, obviamente es eso. Al pasar los dedos temerosamente por aquella zona, siente una ligera brisa, una brisa tibia e intermitente. Allí están, no fue una alucinación, por dios que no lo fue.

Se pone de pie y comienza a dar golpes al aire, cada golpe derriba a un par de moscas en el proceso y esto lo desespera aun mas. El malestar de la piel, como si hubiese estado esperando este preciso momento, comienza a aumentar en intensidad. Un cosquilleo en el estómago, en las nalgas, en los muslos delatan su presencia, se levanta la polera para revisar y ahí están, en su muslo, en la planta de los pies, se mira al espejo y ahí están, en su cara. En sus ojos. Todo tan real como puede ser tu propia existencia. Pequeños agujeros, de variados tamaños. Oscuros al parecer profundos, juntos el uno del otro. Secretando un líquido, formando un patrón similar al de un panal de abejas.

Desde ese lugar se asoman, expectantes y estoicas, pequeñas moscas. Desde algún lugar que la mente no puede entender. ¿Estaré loco? pensó, pero ¿cómo lo sabría? No esta seguro, no esta seguro de nada, lo único que puede hacer es aguantar el asco que le produce él mismo, todos los músculos de su cuerpo están tensos, no puede dejar de agitar los brazos, se quiere golpear, pero si lo hace sentirá nuevamente esos agujeros en su piel, húmedos, que expulsan esas criaturas de mierda, también aquel olor que lo acompañó por ya un año.

Ahora hay cosquillas en su espalda, y él sabe qué significa. Muere de agonía, pero ahora ya lo sabe, y lo sabe bien. Dónde está la fuente. Lo único que tiene que hacer es eliminarla, y ahora puede hacerlo, utilizando aquel objeto que lleva en el bolsillo de su chaqueta, caminando en su propio barrio como un desconocido, sabe que por fin tendrá éxito.


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