-El Ascensor-

1


Cuando vio la hora se dio cuenta de que ya debía partir. Su asistente Montserrat se había retirado cuarenta minutos antes de las seis de la tarde, y las sombras alargadas bajo sus pies le decían con una silenciosa urgencia que ya era hora de irse. Fue un día extraño en la oficina, el sol brillaba más intenso, pero no por ello era más caluroso. Había un brillo extraño en las cosas, un brillo onírico. Se sentía adormilado, inventando conversaciones ficticias con su ahora ex esposa, o ganando discusiones ficticias con cajeros del super o clientes. Su mente se posó por unos segundos en un momento hace unas horas atrás, observando a su asistenta, sus ojos cafes brillaban como nunca, grandes y profundos, a pesar que su mirada estaba puesta en su celular o en la libreta de pacientes podía ver la hermosura de aquellos ojos, ella es de gran ayuda, no es fácil manejar una oficina solo, ni intentar completar el calendario mensual con el entusiasmo que ella lo hace.

Habiendo aprovechado como se debe la soledad de su oficina, cerró el navegador incognito, apagó su notebook y de una canasta de tres puntos se deshizo del papel que contenían a sus potenciales hijos. “Pequeños ingenieros” pensó con una sonrisa mientras se lavaba a profundidad las manos. La higiene es lo principal. El sol del crepúsculo cubría toda la oficina con un naranja oscuro. Con una punzada en el pecho miró a su oficina, pequeña y humilde, la mira con una mezcla de orgullo y desprecio. Extraño, ¿No? Con un par de años para alcanzar las cuarenta primaveras debería quizás tener una oficina más grande, sus compañeros de carrera ya se habían jubilado o están escribiendo libros soberWbios sobre su aburrida pero abundante vida.

Sacudiendo la cabeza cierra las cortinas y se dirige a la puerta de salida y antes de salir se detiene unos momentos para tocar su escritorio, esta vez más orgulloso que de costumbre, piensa en sus padres, piensa en amistades que se fueron y otros que aún se mantienen, piensa en Montserrat, quien con mucho esfuerzo logró abrir su propia oficina donde ella será la jefa. Cree sin ninguna duda que es mejor odontóloga de lo que él podrá llegar a ser. Antes de cerrar la puerta mira su oficina una última vez, sin saber que nunca más volverá a entrar.


Al cerrar la puerta el ruido crea un eco por todo el pasillo, al voltearse ve que parece más estrecho y largo que nunca y el eco que produjo la puerta le dio un vértigo punzante, una sensación de inferioridad y de vulnerabilidad que nunca había sentido. Mientras camina por el pasillo un escalofrío le recorre la espalda, debe ser la única persona en todo el edificio y mientras llega al ascensor comienza a tener una presión en la espalda y los hombros, como si alguien lo siguiera. Intenta no prestar atención y sigue caminando. Mientras camina pasa por las escaleras que lo miran desde la oscuridad por su izquierda, escaleras que fueron testigo silencioso cuando hacía el amor con su ex esposa, pensó por unos momentos utilizarlas y recordar viejos tiempos, pero estando en el piso trece no le parece buena idea. Las luces en el techo lo miran como gatos, atento a todos sus movimientos, parpadeando a medida que se va acercando al ascensor. La sensación de ser observado aumenta con cada paso. Se obliga a mirar hacia atrás por encima del hombro, pero no ve nada. No se siente sonido alguno, solo el fuerte ruido blanco cuando el silencio reina. Puede escuchar el sonido de su corazón latiendo de tal manera que siente un bulto en la garganta. Estando a pasos del ascensor este se abre, dándole la bienvenida

—Bienvenido a bordo Jonathan —creyó escuchar. Aunque, todo estaba en su cabeza… ¿Verdad?

Jonathan esperó a que alguien saliera del ascensor pero no salió nadie. Con las puertas abiertas de par en par Jonathan se puso en medio, dudaba de entrar. ¿Quién no lo haría? La sensación que tenía era muy rara y un antiguo videojuego vino a su mente. Aquello era un hospital y claro, un videojuego. Pero la similitud que él vio era realmente desconcertante. Miró hacia a los costados para asegurarse de estar solo porque la presencia de alguien era demasiado fuerte y aumentaba en intensidad, y Jonathan se sentía cada vez más presionado, las ganas de huir incrementan, no dejaba de pensar en el juego, pero se tiene que montar en el ascensor si quiere volver a casa.

¿Qué pasaría si al apretar el número uno, el ascensor sube hasta un piso antes inexistente? Pero eso no puede pasar, eso es un juego y esto, por horrible que parezca es la realidad, el mundo real: donde las esposas te cambian como quien se cambia de ropa interior. El mundo real donde no pasa nada interesante. Dando el primer paso dentro del ascensor todo se sintió normal. Miró su entorno inspeccionando el ascensor, buscando algo anómalo que lo pudiera alertar, pero todo estaba bien salvo por esa maldita sensación de ser vigilado. Estaba perdiendo la paciencia, el nerviosismo y el miedo pasó rápidamente al enojo. Carraspeó fuertemente la garganta, el dolor le calmó un poco los nervios.

—Al piso número uno —dijo en voz alta—, si no es mucha la molestia.

—En lo absoluto —se respondió él mismo, alargando su mano y apretando el botón que marca un “uno”.

—Ahhh, qué amable —dijo Jonathan mientras las puertas se cerraban y el pequeño cubículo empezaba su descenso—. ¿Sabe usted que en este puto edificio no hay nadie? Debe ser porque todos estos weones sa… —de improviso la luz del ascensor comenzó a titilar, amenazando con apagarse y el ascensor hizo un movimiento extraño— ¡Aaah, mierda! —gritó asustado, encorvandose y dando unos pasos hacia atrás, poniendo las manos en la pared.

Las luces seguían con su amenazante titilar: “tilin tilin tilin” sonaban mientras se iban apagando y prendiendo. El enojo de Jonathan se disolvió como un algodón de azúcar en cuanto toca la lengua húmeda y el miedo tomó su lugar, apoderándose de él de forma definitiva. El ascensor mientras bajaba comenzó a temblar e hizo el ademán de pararse pero siguió bajando, luego bajó con más fuerza y luego subió, con tanta fuerza que John cayó de rodillas, casi pareciera que juega con él, se sintió como un canario en su jaula siendo acosado por un gran gato que juega con su presa, indiferente a su dolor y miedo. Jonathan miró hacia la cámara que estaba en la esquina a su derecha, esa cámara que mira plácidamente el interior.

—¡Hijo de puta! ¡¿qué debo hacer?! —gritó, pero la voz no logró escapar de su boca.

«¡El freno de emergencia!», gritó una voz en su interior, pero cuando estaba a punto de apretar el botón, el ascensor volvió rápidamente a su quieta naturaleza. Jonathan desistió en su intención de apretar el botón y no lo hizo. Quizás el peor error que haya cometido hasta ahora. Pasaron unos segundos, totalmente insuficientes para que Jonathan pudiera calmarse del todo, cuando el ascensor obediente como siempre llegó a su destino. Intentó calmarse rápidamente, no quería que alguien lo viera así de alterado. Naturalmente no mentiría, pero es mejor evitar palabras innecesarias. Todo comenzó a dar vueltas cuando se percató que el ascensor se detuvo en el piso número trece, y que al abrirse las puertas se asomó una cara conocida.

—¿¡Pero qué…!? —exclamó extrañada, dando un torpe paso al interior del ascensor— ¿Jonathan? ¿No estabas en la ofi… —de pronto, sin aviso ni tiempo para reaccionar el ascensor se precipitó hacia el vacío a merced de la fuerza que ejerce la gravedad sobre toda la masa que se encuentra a su alcance.

El ascensor cayó tan rápido y con tanta rabia que John quedó unos segundos suspendido en el aire antes de caer nuevamente de rodillas, el cuerpo metálico se posó sin misericordia sobre Montserrat. Jonathan no tuvo tiempo de reaccionar y naturalmente Montserrat tampoco. Con un ruido sordo su cuerpo se desfiguró, quedando en una posición imposible. Su pierna izquierda y su torso quedaron dentro del ascensor, pero la pierna derecha y su pelvis quedaron en el piso número trece.

Los ojos de Montserrat quedaron clavados en los de Jonathan, fijos con una expresión de horror, su respiración era entrecortada, y movía la boca como un pez fuera del agua. Sus manos tiritaban. En realidad, todo su cuerpo: cejas, boca, el pelo entre los ojos. La pierna izquierda se movía como dando golpecitos de impaciencia. Los dientes le castañeaban y las uñas de sus manos tocaban la pared que yacía bajo ella. Jonathan, ante el horror frente a sus ojos, contenía la respiración de forma involuntaria. “Tac, tac, tac.” Un sonido de gotera se hizo paso entre el sólido silencio. John no entendió el sonido al inicio, pero le hizo sentido cuando vio caer desde el pie izquierdo de Montserrat un líquido, un líquido que pronto formó un pequeño charco frente a Jonathan. El pequeño charco creció gradualmente y se fue tiñendo de rojo a la misma velocidad. Él supuso que era sangre y estaba en lo correcto, pero estaba diluida en orina.

John se paró a duras penas y dio un paso hacia Montserrat, pero esto hizo que el ascensor bajara un poco más, desgarrando el cuerpo ya destruido de su ahora, ex-asistenta. Un grito de horror y dolor salió desde el fondo de Montserrat. Era un grito inhumano, podría perfectamente haberse confundido con el grito de algún animal salvaje. Lágrimas, que hasta ese momento se mantenían a resguardo dentro de su rostro empezaron a emanar desde sus ojos como dos grifos. Las lágrimas empezaron a tornarse lentamente rojas, y desde la nariz, boca y orejas comenzaba lentamente a correr sangre. Un sabor amargo y metálico invadió la boca de John, la garganta y la boca del estómago le arden por el pánico. Comenzaba a perder el conocimiento, un mareo lo invadió y el horror subió estrepitosamente. El aire guardado en los pulmones lo exhalo con un gran grito. 

«Ohh Montserrat, lo siento tanto. ¿Te duele?»

«Woow monse, eres muy hiperlaxa, esa postura que tienes es muy extravagante.»

Preguntas estupidas revoloteaban por la cabeza de Jonathan, las descarto de inmediato.

—El freno de emergencia —recordó de pronto John. Pero.

¿Si al moverse el ascensor baja de nuevo?, o ¿si al frenar queda ahí para siempre? ¿Si el ascensor sube, qué le pasará a Montserrat? ¿Qué debería hacer?

Preguntas y preguntas, lo único que salía de la mente de Jonathan. Algo debía de hacer, pero, ¿qué? 

—¡Ayúdame! —gritó su asistente. Aunque, teniendo sangre llenando sus pulmones y garganta su grito sonó más como: «AaaaYuuUuuddDaaA MmeEEeEee…»

Este grito despertó desesperación en John, quien miraba atónito a su asistenta. Siempre fue atenta y servicial, más que una asistenta era su compañera. Cuatro años ya trabajando juntos, la vio crecer desde una pequeña practicante, hasta la asistenta más competente entre sus pares. Pronto emigraría a su propia oficina. Juntos habían ideado el nombre perfecto, y habían preparado los papeles para que ya sea oficial. Pero ¿qué más da? Todo eso ha quedado ya en el pasado, no habrá oficina para ella. Nada más.

«¡El celular!» pensó John, si bien no puede hacer nada por el ascensor, sí puede llamar a los bomberos y a la ambulancia para que hagan algo por ella. Como tan ciego, tonto, weon; «pao», como ella solía llamarlo. Mete su mano derecha a su bolsillo, se detiene para mirarla pero aparta la vista, le rompe el corazón y los nervios. Las manos le tiritan como nunca lo había hecho, le fue imposible sacar el celular de su bolsillo.

—!Mierda! —gritó desesperadamente.

Seguía tiritando y le era imposible sacar el celular, con un grito de desesperación se golpeó las piernas repetidas veces, luego el rostro. ¡Bum Bum! el ruido sordo de sus propios puños acompañaba el difícil y doloroso respirar de Montserrat.

—¡Es un sueño! —gritó—, ¡puto sueño de mierda!.

Las piernas le laten fuertemente y siente la cara hinchada por los golpes, las manos ya no le tiritan tanto pero las siente lentas, pesadas. De pronto recordó una vez cuando era pequeño, en la playa con sus padres. Jugaban a enterrarlo en la arena, lo hacían hasta el cuello y hacían esculturas de arena, simulando un cuerpo falso, un tritón, un pequeño Jonathan musculoso, o un Jonathan robot. Mientras sus padres pensaban que hacer a continuación, él con las manos sumergidas en la arena empuñaba y abría las manos, una y otra vez, tarea no muy fácil, la arena no le dejaba mover las manos a su antojo, misma sensación tiene en este momento.

Cuando por fin pudo sacar el celular de su bolsillo tuvo la premonición de que se le caía y se estropeaba, así que lo apretó fuertemente para que su visión no se cumpliera. Marcó el número de emergencia para los bomberos. Estaba a punto de marcar cuando un ruido metálico vino desde arriba. El ascensor comenzó a temblar y Montserrat comenzó a retorcerse con un gruñido gutural que salió de su garganta. Un gruñido acompañado de gárgaras producto de la sangre que le dificulta la respiración. El gruñido de Montserrat aumentaba en intensidad y un leve sonido comenzaba a emanar desde el fondo de ella: espaguetis, ramas, árboles. Huesos. Todos estos materiales hacen el mismo sonido al romperse, o al trizarse, y ese sonido salía lenta, pero indudablemente de los huesos de la joven asistente. 

El tiempo que transcurrió desde la apertura de las puertas hasta el tronar de los huesos de Montserrat había transcurrido rápidamente para Jonathan: dos minutos transcurridos desde entonces, pero para Montserrat todo transcurrió lentamente… muy lentamente.

Luego de un día tranquilo en la oficina, y un par de tratamientos conductos por fin podía retirarse. Había días en los que podía retirarse antes, ya que ella hacía un excelente trabajo, además que debía prepararse para migrar. Jonathan era un jefe flojo, y siempre sacaba la vuelta. De vez en cuando notaba que la miraba más de la cuenta. No era un degenerado, pero la miraba con deseo, y ella lo notaba. Nunca le dio algún indicio que pudiera mal interpretarse, y nunca llegó a nada. Se conocían hace tiempo ya, y nunca se había intentado sobrepasar. Ni siquiera la invito a algún lugar después del trabajo. Naturalmente eso es bueno, a nadie le gusta sentirse presionado de esa forma, demasiado incómodo, quizás él también lo pensaba. 

Hoy se iba a juntar con un chico, no era muy atractivo pero le hacía sentir cosas que ningún otro había logrado en mucho tiempo. Ya seis años de soltería, desde el anterior hijo de puta con el que tuvo la mala suerte de estar, o para ser sincera de pura pava. Salió de la oficina y Jonathan se quedó un poco más en la oficina. Lo conocía perfectamente, y sabía que ocuparía la soledad de la oficina para masturbarse. Es natural, ella también lo hace, pero en la privacidad de su casa, y no en un lugar donde se hacen operaciones, como aquella oficina. Ha visto esos papeles inmundos en el tacho de la basura, no se preocupa de botarlos bien, pero al menos es limpio con su trabajo. Desinfecta todo más de lo que debería y eso le da seguridad por el tema laboral y la higiene.

Estaba entusiasmada en juntarse con su chico, todo esto lo dejaría atrás por un par de horas. En unas semanas tendría su propia oficina, dónde podría hacer todo el trabajo, como a ella le gustaba, y ¿por qué no tener su propio asistente?, quizás ella también lo podría mirar de forma indebida. Pero este maldito ascensor la dejó presa, y la lleva lenta pero dolorosamente a la muerte, mientras, no sabe cómo su jefe la mira desde el interior sin poder hacer nada. Que hijo de puta mas inutil, mirándola con lágrimas en los ojos, y tiritando como un perro con hipotermia. Pero ¿qué más podría hacer? Mientras se desvanece intenta mirar a su alrededor, intenta poder sacar algo en limpio. Pero su vista está borrosa, y una pantalla roja tapa su visión. 

Dios, que doloroso es esto... ¿Dios? Quizás tenga unas palabras para ti maldito, hacerme esto justo en un día tan importante, pero no me preocupare. Después de todo, estaré contigo en poco tiempo.

El ruido de quebrazón rompió el silencio como si este fuera sólido, el ascensor cayó sin compasión separando el cuerpo de Montserrat para siempre. Mientras caen los pies de Jonathan se separaron del suelo y una información llegó a su mente como un esquema. Un hombrecito acostado de costado hecho bolita, y abajo un texto que rezaba lo siguiente: 

“En caso de caída de ascensor, recostarse de la manera que indica el cuadro anterior. En caso contrario, si se mantiene en pie lo más probable es que quede herido de gravedad”.

Esta vez reaccionó de prisa, pero le fue difícil lograr esa posición ya que el ascensor caía tan rápido que ya se encontraba en el centro del mismo. Poco a poco el ascensor comenzó a decaer en su velocidad, pero cuando tocó suelo fue brutal.



2


La colina es empinada y de un color extraño, nunca había visto una colina así. El pasto es de color violeta y está húmedo al tacto. A mi alrededor puedo ver árboles de color azul marino formando un camino por el que voy andando. Está todo iluminado de un color rojizo pero no puedo ver la luna, las copas de los árboles me impiden ver el cielo en su plenitud, sus ramas forman un túnel forestal hermoso, y entre las hojas puedo distinguir que el cielo es de color verde limón. Todo está en silencio, pero de vez en cuando escucho animales, no son intimidantes. En su mayoría aves. Siento una leve brisa, me acaricia. Estoy en paz. Daré unos pasos más y me recostaré en el pasto, quiero llegar a la cima de la colina que veo más allá.

Intento recordar cómo llegué aquí pero me es imposible, lo único que recuerdo es que caminaba sendero abajo con mi celular en la mano pero no le veo utilidad en este lugar, lo guardé de vuelta en mi bolsillo.

Una sensación extraña me estremece. Miro a mi alrededor pero no noto nada fuera de lo común. Por unos segundos todo se oscurece. Mis ojos se abren instintivamente con la intención de ver mejor, pero solo logra que me ardan por unos segundos. La luz vuelve a su normalidad, sigo mi camino.

Sigo caminando hasta la cima de aquella colina intentando recordar donde he estado. Recuerdo haber trabajado hoy, pero no recuerdo nada más. Estoy a unos pasos de llegar a la cima cuando oscurece de nuevo. Empiezo a correr pero se siente raro, las piernas no me responden bien y caigo. Me apoyo con las manos para seguir corriendo pero una de mis  piernas no funciona tan bien, aún así logro llegar a la cima y recupero el aliento, miro hacia el cielo y quedó congelado, las piernas me flaquean y no logro mantenerme en pie, caigo sentado, no consigo creer lo que ven mis ojos. 

La fuente de luz que debería haber una luna redonda y reconfortante, en su lugar se yergue un gran ojo, flotando plácidamente. Siento que me mira y penetra en mi cabeza, en mi alma. Justo debajo de aquel ojo hay una laguna de un color rojo oscuro, casi negro. Me quedo anonadado ante lo que estoy viendo, es gigantesco y abarca gran parte del cielo, se mueve, está vivo. Me mira, me juzga. Comienza a oscurecerse, el ojo comienza a llenarse de líquido rojizo y se acumula en la base, cuando llega a su punto de máxima oscuridad el líquido se precipita lentamente y cae en la laguna, generando olas de gran tamaño.

De pronto llega Montserrat a mi mente, toca el timbre lo hace a pesar que tiene llaves. Cuando veo por el lente de la puerta me mira fijamente a través del lente. Ese mismo ojo, el ojo que flota en el cielo y me juzga. Me juzga porque la miro como no debo, porque la he hecho trabajar más de la cuenta. Porque sabe que hago cuando ella se va temprano. Y porque no la pude ayudar en el ascensor.

—¡Jhony ya llegué!


3


Jonathan despierta de golpe, aun aturdido. Barre con los ojos su entorno intentando ver donde se encuentra. No reconoce el lugar. Le duele el costado izquierdo y está sofocado, hace calor. Mira hacia el techo y ve luces que titilan “tilin tilin tilin” como antes. Intenta ponerse de pie pero cae de cara al suelo, el ascensor está ladeado hacia adelante y no puede mantener el equilibrio. Montserrat sigue en su lugar, con esa grotesca pose, tiene sangre en la cara. Su cuerpo está a escasos centímetros, y por suerte no se manchó de su sangre. Intenta ponerse de pie nuevamente pero desiste, lo mejor es ahorrar energías y si se mantiene parado por mucho tiempo le doleran los pies. 

Las luces se estabilizan y Jhon puede respirar un poco más tranquilo. El aire está un poco escaso y eso se empieza a notar. «Los bomberos» dice la voz en su cabeza, saca el celular del bolsillo pero para la no sorpresa de John no hay señal alguna. La desesperación comienza a asomarse desde el fondo de su ser pero trata de tranquilizarse, no ayudará en lo más mínimo. El tiempo pasa lentamente, los segundos a paso lento se van acumulando hasta volverse minutos, dando la sensación de que mientras más tiempo se acumula más lento transcurre el mismo, como si quisieran que Jonathan apreciara cada segundo con su nueva compañera. El aire se vuelve pesado al respirar.

Perdido en sus pensamientos John comienza a relajarse nuevamente y deja de pensar, su mente está en blanco, nada pasa por su mente, nada lo interrumpe, ni siquiera un cadáver ya frío que se encuentra a su lado. Los minutos se vuelven horas. De repente siente movimiento. Con los ojos abiertos y desorbitados mira el cadáver de Montse, las luces funcionan perfectamente por lo que puede ver que sigue en su lugar. El sabor del pánico le aflora desde el pecho y se le impregna en el paladar. Le empieza a faltar el aire, trata de tranquilizarse, es imposible que se mueva, le falta la mitad del cuerpo. Es imposible. Vuelve a cerrar los ojos

—¿Cuánto tiempo se demorarán en encontrarme?

 El ascensor debió de hacer mucho ruido, además que habrán personas que quieran usar el ascensor ¿no?, después de todo este edificio tiene más de veinte pisos y es imposible subirlos a pie. Alguien se preocupará por Montse ¿no?, ella tiene amigos y deben estar pensando en ella, además de la pierna derecha que olvidó en el piso trece.

—¿En cuanto a mi? —quizás el conserje, o algún cliente. 

¿Mañana tengo clientes? No lo recuerdo, solo sé que vienen cuando llegan, y con una mirada Montserrat me pasa la información del cliente. Pero ¿y Montse? ¿Cómo los atenderé sin ella? ¿Cómo se le ocurre morirse cuando hay clientes que la necesitan? ¿Es que acaso es tan egoísta? La muy hija de puta ni siquiera tuvo la decencia de morir en otro momento. ¿Como ella entró al ascensor en el que estaba yo si ella salió antes? ¿Cómo lo hizo? ¿Y cómo lo hice yo para bajar tanto por el ascensor, y llegar al mismo piso que me subí en primer lugar?, ¿y llegar antes que ella? ¿Qué fue lo que suce… 

De improviso otro ruido rompe la concentración de John y esta vez fue muy claro. Fue acompañado con un quejido.

—Seguramente son los gases que suelta el cuerpo una vez muerto —dijo John en voz alta—, hija de puta no me asustes —dijo, pateando la pierna que le quedaba.

Suspira y vuelve a cerrar los ojos, se recuesta en la pared y respira hondo, el aire es cada vez más espeso. Comienza a ver pequeños puntos de colores a través de sus párpados. No les hace caso. Mira el celular nuevamente. Son las 23:05 horas, han pasado cuatro horas y media desde que salió de su oficina y su celular ya está con poca carga, dieciséis por ciento. El frío aumenta, pero John está extrañamente cómodo, mira a su ex asistenta, de pie a cabeza, ya no le parece tan repulsiva. Está cerrando los ojos cuando escucha un suspiro. Un largo y tenebroso suspiro, esta vez acompañado de un movimiento. Las luces comienzan a titilar nuevamente y desde todas direcciones nace un ruido metálico. Fierros chocando, arrastrándose, el motor de un auto, sonido de sillas, puertas rascando las paredes, personas hablando, gritando llorando, perros ladrando, maullidos de gato muy fuerte desde todos lados, John no puede soportarlo comienza a llorar, gritar y patalear.

—¡Perdón, perdóname por patearte! —grita entre sollozos.

Con las luces titilando todo se ve como una película con bajos fotogramas, imágenes entrecortadas, los movimientos no son fluidos, Jhon sigue pataleando y sus pies pasan a llevar a Montse, quien comienza a levantarse, su movimiento, por las luces se ve entrecortado pero decidido. Primero gira su cabeza para mirar a John y de su boca cae mucha sangre al separarse del suelo, sus ojos desorbitados se mueven para verlo, pero se mueven desincronizados, locos. Apoya ambas manos en el suelo y comienza a levantarse, suelta un gran suspiro de esfuerzo, que suena con gárgaras al tener los pulmones y la tráquea llenas de sangre, y cuando ya por fin termina de levantarse la luz se corta y el ruido cesa. Una desesperada y horrorosa respiración es lo único que se escucha, una respiración que le hace coro a la respiración de John, como una fuga. La oscuridad se apodera del pequeño ascensor, y a John le falta el aire, las sienes le palpitaban y para poder ver  toma su celular y prende cómo puede la linterna, pero cuando va a alumbrar se le cae de sus temblorosas y sudorosas manos, cayendo inevitablemente en un charco de la sangre, cuando lo levanta la luz tiñe de un rojo oscuro la instancia y esto lo hace más perturbador.

—Buena iluminación, así podemos hablar de forma más privada en un buen ambiente.

Aquella voz era extraña, pastosa, pero extrañamente clara, y extrañamente grave, casi gutural. Esto desconcertó demasiado a John, además de la ubicación de Montse, quien ahora está totalmente sentada en la pared frente a él, apegada a la derecha, apoyándose en la pared. Su postura es extraña, hace falta la pierna para poder sentarse de forma correcta.

—Vaya, ¿qué pasa Jonathan? Pensábamos que eras más seguro y parlanchín. ¿Qué sucede que no puedes hablar?

John guarda silencio.

—Qué decepción, antes eras más chistoso, ¿qué pasó con esa energía? —John la mira con la boca abierta— Mira, no es que queramos conversar de la vida pero debemos calentar motores, así que quizás es mejor conversar un poco ¿no crees? Después de todo estamos atrapados aquí, y creeme que no nos encontrará nadie.

Jonathan permanece en silencio.

—Vamos ¿te mordieron la lengua los ratones?

—No sé qué responderte, no entiendo nada. ¿Estoy soñando?

—Un sueño es algo bonito se supone, o con contexto, quizás con algo que quiera tu subconsciente. ¿Esto es algo que hubieses querido?

—No…

—¿No?

—...no, eso es ridículo.

—¿Lo es? Nosotros creemos que no.

—¿Nosotros?, ¿qué pasa con eso? ¿Eres… la Montserrat que conocí?

—¿Crees que soy la misma montserrat? —Se mira las manos, se toca la cara, los pechos y el abdomen, palpando con ambas manos. Luego llega hasta su pelvis o lo que le queda y hace una mueca de sorpresa, con ambas manos en las mejillas —¿¡Nooo dónde está el resto!? —Palpa la pierna que queda y cuando va a palpar la otra hace una pausa —¡Noooo! ¿dónde está la otra? —Vuelve a hacer una mueca horripilante de sorpresa, tomándose la cabeza con gran indignación —No digas estupideces, es obvio que no lo soy.

—... 

—Queremos asegurarnos de algo, un par de preguntas bastará, ya hiciste mucho allá afuera, todo esto terminará y podre volver a buscarte otra vez.

—No entiendo, esto fue un estúpido accidente, ni siquiera deberia estar aqui de…

—¿De no ser por esta egoísta hija de puta? —Dice Montse señalándose a ella misma.

John queda en silencio.

—Esto no llegará a ningún lado, te haré tres preguntas, y depende de tus respuestas si pasas o no pasas, es simple.

—¿Qué tipo de preguntas?

—Vamos, no al spoiler.

Montse levanta la mano derecha con el dedo índice levantado apuntando hacia arriba. Con la mano izquierda encierra la punta del dedo, formando un puño, y luego su mano derecha hace de soporte. Hace unos movimientos y mira a Jonathan con los ojos abiertos con una sorpresa exagerada. Con la mano derecha saca un papel extremadamente liso, no pareciera que había estado hace unos momentos dentro de un puño. La sorpresa de John es evidente. Montse ríe, su voz sigue siendo extrañamente ronca para su apariencia.

—Bien, comencemos con la primera —pone la hoja de papel frente a ella, John intenta ver, a Montse no le importa—. ¿Te acuerdas de tu perrita John?

—¿Cómo…? —Jhon empieza a respirar más rápido y suda, intenta mantener la calma secándose el sudor de la frente con la manga— No me suena de nada, qué clase de pregunta es est…

—¡Vamos..! ¡Tu perrita! Vivió en tu casa mientras estudiabas, ¡casi toda tu vida!

  —¿Perrita? Con mi… No recuerdo a…yo. Yo no.. nunca tuve.

—Falso, y si lo olvidaste es porque no te importó. ¡Siguiente Pregunta!

—¡Espera! Yo no tengo… no estoy seguro, no tuve ¿O si?...

—Si tienes, o tuviste mejor dicho. Lo abandonaste hace años, aún sigue viva pero ya le queda poco.

—¿Bandu?

—Si, ella. La dejaste y te espero John, por mucho tiempo, se sabe que los perros no son todo menos independientes, estuvo todo este tiempo pensando en ti, ¿lo sabías?

—¡Pero…! ¡Yo no tenía otra opción, estaba estudiando y además me había casado, y a ella no le gustaban los perros!, ¡no permitían animales en el departamento, además que pasó hace más de ocho años!

Montse lo mira con desdicha. Guarda silencio y lo mira fijamente. Se mira la mano derecha y cuenta en silencio usando los dedos. Uno… Dos… Tres…

—¡Siguiente pregunta! —grita, levantando la mano derecha como un niño que señala que quiere decir algo en clases.

—¡Escuchame! Yo no quería…

—¿Cuántos años promedio vive un perro Jonathan?

—¿Doce años?

—Casi, son dieciséis, dieciocho como máximo pero te daré el beneficio de la duda.

—Si la extrañe, pero pensé que estaría mejor allí, sin mí.

—Que mentiroso, recogiste al pobre animal para rescatarlo según tu, pero lo cuidaste cuanto, ¡Un año como máximo! Luego te olvidaste, pasate la enseñanza media, y no le diste comida, ni siquiera un paseo, cuando tu estabas durmiendo plácidamente, en el patio de tu casa estaba ella, acostada en la tierra pensando “¿Por qué me dejan afuera? ¿Hice algo malo?”, ¡Incluso en las lluvias no la entraste! Incluso en un momento, cuando la viste desde la ventana de tu pieza pensaste “¿O sigue viva? ¿Cómo lo hace?” Si no fuera por tu mamá la pobre hubiera muerto desde hace bastante más tiempo, pero incluso ella no fue capaz de entrar y darle una vida digna —John iba a hablar pero con un gesto lo hizo callar—. De los dieciocho años que vivió, catorce lo pasó en la intemperie, sus últimos días fueron agonizantes, y tu con la excusa estúpida de que tu esposa o que el departamento. Dieciocho años que van a terminar en tres, dos, uno…

—¿Qué?

—Si mira, acá está —acto seguido junta ambas manos con sus palmas, y las separa lentamente haciendo un gran esfuerzo, en el cuello no se ven las venas, porque es un cuerpo muerto, pero sí se le marcan los tendones, y a medida que se separa las manos, desde un punto en el centro se empieza a formar algo. Sangre, venas, órganos, grasa, músculo, pelos. En menos de un minuto Bandu estaba allí, viejita, desnutrida, con el pelo duro como costra a causa del frío y la intemperie. John lo mira con los ojos desorbitados, con lágrimas en los ojos—. Acaba de morir, de vieja, de frío y de hambre —Montse mira a John, con odio y repugnancia, por unos segundos deja de ser lo que ahora es, y vuelve a ser la Montse de siempre, luego evoca una leve sonrisa inclinada a la mejilla derecha—, ¿de tal palo, tal astilla, no te parece? ¿Crees que los animales sienten rencor?

John mira a la perrita, esta lo mira con dificultad y con las orejas gachas comienza a mover la colita.

—Deberían… —dice John sollozando.

—Ciertamente deberían, son seres puros, no tienen malicia en su ser, por eso no son juzgados, a diferencia de ustedes —mira a los ojos de John y ríe—. Pero aprenden, observa.

Acerca Bandu a John, quien estira los brazos para tomarlo en brazos, pero la perra comienza a gruñir, se eriza e intenta morder a John y vuelve a los brazos de Montse. 

—¿Vez? Aprenden y tú también deberías haberlo hecho —Motse acerca a Bandu y le da un beso en la frente, y tal como lo hizo aparecer lo deshizo—. Ellos luego de vivir pasan directo, y eligen, y al parecer tu reprobaste —Mira a Jhon con un gran desprecio.

—¿Qué hiciste con Bandu?

—Lo devolví, tú ahora sígueme, tenemos un destino al que llegar.

Montse da dos aplausos y la luz vuelve a prenderse, John al percatarse de ello apaga su celular y lo guarda en el bolsillo. 

—Esto es difícil, no podré pararme —dice Montse al ver su cuerpo—, pero tiene solución…

Toma aire hasta tener los pulmones llenos y se mete el pulgar en la boca. Comienza a soplar con mucha fuerza, no hay venas marcadas en su cuello a pesar de su notable esfuerzo, pero poco a poco le va creciendo una pierna, donde antes no había. Todo pasó lento pero de forma segura. Primero el rastrojo de pantalón que quedaba se empezó a abultar desde el centro, hasta completar el ancho habitual de sus caderas, luego salió un chongo delgado, que comenzó  a bajar, formando lo que sería un muslo, rodilla, pantorrilla, tobillos y por último un pie. Montserrat comprobó el funcionamiento de su nueva pierna moviendo los dedos del pie, pasando por el mismo pie hasta la rodilla y muslo. Totalmente funcional. 

John no daba crédito a lo que veían sus ojos, aunque desde hace mucho que no confía en ellos.  Montse se sacó lo que quedaba de pantalón, junto a los zapatos y calcetines de la pierna que sí existían, levantando los hombros en un gesto de “no importa”. Ya lista se pone de pie. No le afecta el desnivel del ascensor como a Jonathan, quien a duras penas se pone en pie. Montserrat con su mano derecha hace una señal de “adelante” y las puertas del ascensor se abren, como si nunca hubiese pasado nada.

—Vamos, tenemos que irnos.

Jonathan totalmente desconcertado da un paso hacia la puerta, por el desnivel del ascensor se tambalea pero logra mantener el equilibrio, dando un paso fuera del ascensor a un piso que si está derecho. Levanta la vista y queda impresionado, da un segundo paso hacia afuera y ve que se encuentra en una azotea que tiene una diferencia de unos cuarenta grados en comparación con el ascensor. Montserrat lo sigue a paso firme. Jonathan mira hacia atrás, notando que el ascensor ha desaparecido.

La azotea es enorme, y una brisa le acariciaba con gentileza, se siente tranquilo. Todo está muy silencioso, salvo por el sonido del viento. Hay árboles de todos los tipos y tamaños, pequeños limones, manzanos y demás árboles comunes, también los hay de distintos colores, también monstruos de metros de grosor y tal vez kilómetros de alto. Jonathan alza la vista para poder ver la copa de aquellos árboles, pero es infructuoso, se pierden en las nubes. En el cielo y hacia el horizonte puede ver jaulas, Jonathan las observa mientras camina. Son gigantes. También se ven a lo lejos animales de gran tamaño, voladores y algunos que no logra descifrar porque la niebla de la lejanía y las nubes tapan sus figuras. No encuentra ninguna similitud con alguno que haya visto antes. También hay otras azoteas y edificios, ordenados de forma extraña, algunos de cabeza, de lado o paralelo a la azotea en la que se encuentra. No logra descifrar si aquellos edificios están mal, no encuentra el norte por ningún lado, la luz que inunda el lugar no tiene una fuente.

No está solo, hay más gente a su lado y en los otros edificios. Todos caminan con alguien al lado hacia el límite de la azotea. La gente que camina junto a él son humanos, no así en los otros edificios. Algunos seres son grandes, otros pequeños, de distintos colores. Rojos, azules, violetas, algunos con más de dos brazos, o más piernas. Hay igual cantidad de humanos como los otros seres no humanos. Montserrat camina a la derecha de Jonathan, con una sonrisa en la cara y las manos en la espalda. El viento le mece el pelo, apelotonado en algunos lugares por la sangre ya seca. No dice palabra, Jonathan tampoco comenta nada, sólo se limita a observar. De pronto recuerda lo que le sucedió a Montserrat al entrar al ascensor, todo lo que sucedió, y no puede creer que haya pasado, y que ahora camine de forma tan normal a su lado, y que pueda hacer esa magia.

Está a pocos metros del límite cuando de improviso cae al suelo, volviendo a tener el mismo recuerdo de Montserrat en el ascensor, solo que esta vez es distinto. Es él quien entra al ascensor, y es Montserrat quien se encontraba dentro. Un insano dolor como un rayo se apoderó de Jonathan, provocando un fuerte grito que lo tira al suelo. Todo se vuelve claro al intentar ponerse de pie. 

—¿Extraño no? —pregunta un hombre que se encuentra al lado de Jonathan. Este se pone en cuclillas y lo mira fijamente. Es el mismo Jonathan quien ahora lo mira.

—¿Qué está pasando? —pregunta un mutilado Jonathan que intenta levantarse.

—No lo intentes Johnny, es imposible con un solo pie, ya lo intente. Si tan solo no lo hubieras ignorado, o hecho algo al respecto, o por último arrepentido ya en vida te habrías ahorrado un poco de todo esto.

—Por favor, explícame qué sucede.

—Solo piensa, ¿qué sucedió para que llegaras aquí?, ¿qué sucedió cuando estabas aquí? y ¿qué pasará luego?. Si lo piensas en una seguidilla de eventos hasta el más idiota lo entiende, y creeme que sé que no lo eres. Que no lo somos.

Jonathan reflexiona unos segundos, luego pregunta.

—¿Montserrat está bien?

—Si, tranquilo —dice el otro Jonathan, poniéndole la mano en el hombro derecho—. Su mente no procesará muy bien lo que sucedió ese día, la experiencia fue demasiado fuerte y ella no estaba preparada para algo así, pero lo recordará dentro de unos seis años a partir de ahora, ya será una mujer fuerte.

—Eso me tranquiliza… —dice el mutilado Jonathan, cerrando los ojos— Y ahora, ¿a dónde voy?

—Como reprobaste volverás a empezar. Será básicamente lo mismo, pero ya tienes una experiencia más. Dependerá de ti no volver a este punto en las mismas circunstancias. 

—¿Olvidaré todo?

—No se puede olvidar todo, irás recordando de a poco, pequeñas decisiones importantes detonarán pequeños recuerdos, por eso irás mejorando. Además mejoraste mucho desde la última vez, esa vez fue Montserrat quien quedó en el ascensor.

. —…

—Tranquilo, ahora volverás. Disfrútalo y hazlo mejor, la clave son los animales, ellos dan todo a cambio de nada, tenles paciencia y amalos, pero ten presente que si vuelves a reprobar, no habrá otra oportunidad.

—Lo intentaré, seré mejor, esta vez estaré con ella, no sufrirá.

Jonathan el entrevistador toma de los hombros a Jonathan mutilado y lo conduce al límite de la azotea. A su alrededor los seres que llegan hasta el límite son transportados en tres direcciones distintas: hacia arriba, abajo y hacia el frente, desde la perspectiva de cada azotea.

—Una pregunta, la última, si aprobaba… o cuando apruebe, ¿qué pasará?

—Seguirás avanzando, hasta llegar a lo más alto, donde podrás pedir algo a tu elección, lo que tu quieras dentro de los límites que permite la ley claro —conduce a Jonathan hacia el vacío y lo mira fijamente—. Nos vemos pronto, para ti aproximadamente treinta y siete años, para mí unos segundos. ¡Suerte!

Acto seguido aparece una de las jaulas y Jonathan pasa a su interior, se da media vuelta para ver al ser que lo acompañó hasta allí, es él mismo, siempre lo fue, ¿quién más lo conocería tanto?, ¿quién más que él mismo conoce sus remordimientos más desgarradores? Se miran unos segundos hasta que comienza a bajar por un mar de pura oscuridad, donde todo volverá a empezar.

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